Pia De’ Tolomei

En la Divina Come­dia (v.), Pía comparece de pronto («Purga­torio», c. V) mientras dura todavía el eco de la apasionada historia de Buonconte.

El efecto de esta entrada es extraordina­rio: a la homérica lucha en tierra y cie­lo la sustituyen un final pacífico y un tono quedo y cansino. Pía alude a su naci­miento y a su muerte con reticencia, pero revela su nombre: «Soy la Pía». Y ¿quién fue la Pía? Las noticias que sobre ella tenemos son muy escasas: la opinión más probable es que perteneció a la poderosa familia de los Tolomei de Siena y que casó con Nello de’ Pannocchieschi, señor del castillo de la Pietra in Maremma, en el que parece que Pía murió por orden o a manos de su marido. En ese episodio, más que en otros pasajes, los comentaristas, ex­plicando con datos históricos las reticen­cias de la poesía, destruyen inevitablemen­te su hechizo.

Una de las causas principa­les de la vitalidad del canto V del «Pur­gatorio» es la seguridad con que Dante «supo elevar a la esfera de la poesía las tragedias que mayormente impresionaron la conciencia y la imaginación de sus contemporáneos, acentuando en ellas algún motivo que, sustrayéndolas a la crónica, las transfiere a la historia perenne de la humanidad» (Momigliano). Y lo mismo que en Pía, en Buonconte o en Giacoppo del Cassero, el punto vital es la forma de su muerte o el sentimiento con que piensan en ella. Por ello no hay que indagar de­masiado ni querer precisar aquello que el poeta quiere justamente dejar impreciso.

De otro modo se falsearía el personaje, di­sipando ese perfil de tristeza amable y cerrada y ese arco de levedad que caracte­riza el relato. El episodio de Pía compren­de en total dos tercetos. Aunque mujer, Pía se calla muchas cosas y dice muy po­cas. No pide que el mundo ni sus pa­rientes rueguen por ella; se limita a con­fiarse a la memoria del poeta. Hablando de su vida, menciona el lugar de su nacimien­to (Siena) y de su muerte (Maremma) y alude sin nombrarle ni dar otros detalles al hombre que un día la amó y la hizo suya, y que sabe cómo y por qué pereció: lo sabe porque aquel mismo hombre que le dio el anillo nupcial, le dió después la muerte. No hay ni odio ni maldición para el homicida: ¡es tanto lo que podría decir de su violencia, de su brutalidad, de su rapacidad, de Sus infidelidades! Pero nada: lo inolvidable en el personaje de Pía con­siste precisamente en ese recato, velado por un triste recuerdo, de su vida fraca­sada.

Pero sería un error creer que el efecto de ese episodio deriva únicamente del rostro apesadumbrado o suplicante de la protagonista; más importante aún es la «función» del personaje y del episodio en la unidad poética del canto. El personaje de Pía no está desligado del contexto, no se desentiende, por ejemplo, del coro del cual forma parte ni de la continuidad del paisaje: la economía total del canto ex­plica la razón poética de la brevedad del episodio conclusivo, ya que, si se hubiera desprendido del contexto de la narración, ese episodio perdería luz y relieve, y aque­lla nota fundamental, fúnebre y triste, que le da ritmo.

Es idéntico tema articulado en tres^ tiempos: colmado de emocionante con­cisión, anhelante ansia y apasionada y tor­turante protesta el «tempo» de Giacoppo; sostenido con solemne y majestuoso andar el «tempo» de Buonconte, y llevado, en cambio, a un ritmo breve y en un tono de recatada y dulce tristeza el «tempo» de Pía. La comparación entre los tres tiempos del motivo es uno de los más impresionan­tes ejemplos de la precisión con que Dante sabe hacer, concordar los matic.es con el tono fundamental del cuadro.

P. Baldelli