Protagonista de la novela de su nombre (v.) de Armando Palacio Valdés (1853-1938). El tipo de la monja de buen humor, aficionada a las bromas y al baile, podría hacer pensar en un peligroso precedente boccacciesco. Pero Gloria Bermúdez no es en realidad una verdadera monja, por cuanto sólo ha pronunciado votos temporales.
Y aunque no tenga necesidad de ello, siempre podría alegar el ejemplo sublime de la más alta de las esposas de Cristo, Teresa de Jesús, cuya santidad nunca se vio disminuida ni comprometida por la alegría de sus palabras. La hermana San Sulpicio, que sirve a Dios gozosamente, aunque sea ligeramente coqueta bajo sus hábitos monacales y aunque haga perder la cabeza a Ceferino Sanjurjo (v.) y no renuncie ni al canto ni al baile, no tiene nada de monja perversa, como lo son la Monja Portuguesa (v.) o la Monja, de Monza (v.), y en su alma andaluza el amor a Dios y el amor a la vida conviven jocundamente, sin conflictos ni sacrilegios: apenas el turbador contraste entre sus escultóricas formas y los negros hábitos que el baile hace revolotear.
En todo caso, siempre hay una reserva de pudor que impide que la «hermana» resbale por el camino de la carne. Y cuando, a media novela, abandona los hábitos, no hay dramas ni problemas de conciencia: el amor a la vida, o sea a Sanjurjo, es más fuerte que el amor a Dios, y Gloria se transforma tranquilamente en una típica señorita andaluza. Típica especialmente por los celos. Celos cerebrales, traidores y melifluos, que recurren a complicadas tortuosidades verbales para adivinar una tremenda verdad que al final resulta no ser otra cosa que una breve conversación con otra mujer, pero que para Gloria — como para cualquier otra muchacha andaluza de la época, y aun quizá de nuestros días — representa un delito del que el culpable deberá hacer áspera penitencia.
Y, también como buena andaluza, hija de árabes señores de la energía y del desierto, Gloria se muestra a veces dulce y lánguida, y aún parece gustarle que la traten con dureza. «Me gusta que me den en los nudillos», dice muy satisfecha cuando se entera de que su Ce- ferino ha dicho de ella (éste, señores, es verdadero amor) que es una cualquiera, sólo por celos. Perfectamente segura de sí, audaz, celosa y apasionada, con hábitos o sin ellos, la hermana San Sulpicio entra en la literatura española del siglo XX con el paso triunfante de una verdadera hija de Sevilla, de aquella Sevilla que desde hace siglos crea idénticas figuras de mujer, sin cansarse ni cansar jamás a los demás españoles.
F. Díaz-Plaja

