La Abuela

[Die Ahnfrau]. Personaje de la tragedia fatalista que lleva su nom­bre (v.) de Franz Grillparzer (1791-1872). Es el fantasma de la abuela de los condes Borotin, la cual, después de tener un úni­co hijo de resultas de un amor pecamino­so, fue descubierta y muerta por su ma­rido y luego estuvo condenada a no en­contrar paz en su tumba y andar vagando por las salas del castillo hasta que desapa­recieran los últimos descendientes del hijo de su culpa.

De ahí el tremendo conflicto entre sus ansias de paz y de expiación y el amor por sus nietos, cuyo aniquilamien­to no puede desear, a pesar de ser éste el único medio de hallar la paz, y que por otra parte prevé sin poderlo alejar. De ahí también su pavorosa manera de manifes­tarse a aquéllos cuando la desventura les amenaza, y sus estremecidas advertencias, que se expresan más en gemidos que en pocas y entrecortadas palabras.

Su drama, además, se enlaza con el de sus últimos descendientes: la hija del conde Borotin, Berta, parecida a la abuela por el nombre y por la figura, ama a Jaromir, un joven oscuro pero generoso, que la libertó de los bandoleros; y cuando los gendarmes deciden dar una batida a éstos y hacen del castillo el centro de sus operaciones, viene en conocimiento de que Jaromir es nada menos que su propio hermano, que en su niñez fue robado por los bandoleros, y que luego de haber crecido en medio de la sangre, ha llegado a ser su jefe.

Las apariciones de la Abuela para anunciar la ruina que amenaza a los jóvenes en su amor y que acabará arrastrándoles a to­dos, son en vano, ya que, en un combate nocturno entre gendarmes y bandoleros, Jaromir da muerte, sin conocerle, a su pa­dre, con el mismo puñal que quitó la vida a la Abuela. Berta sucumbe ante la terrible realidad, calmando en la muerte el tumulto de su aliña, mientras Jaromir, que ha ba­jado a esperarla a la cripta sepulcral de sus padres y ha creído verla en la Abuela que se le aparece para incitarle a salvarse de los gendarmes que le rodean, se arroja entre los brazos del fantasma y halla en ellos la muerte.

Expiada así la antigua culpa en la ruina y la desaparición de la estirpe nacida del pecado, la Abuela puede volver a su tumba y descansar en paz. Este personaje, para cuya creación el poeta se inspiró en una novela, libre adaptación del Ambrosio or tlne Monk (v. El monje) de Lewis, así como en varios relatos fabulo­sos de fantasmas, por los que sentía gran afición, es el verdadero protagonista del drama, presente siempre, incluso en los momentos en que no aparece.

Aun obli­gando al poeta a darle los rasgos conven­cionales con que se suelen representar los fantasmas, y a pesar de la monótona repe­tición de sus apariciones, el personaje no carece de cierta vida íntima, que se mani­fiesta sobre todo en el reflejo de su culpa a la vez dulce y dolorosa y en la desga­rradora e impotente tortura con que asiste al final de los suyos.

G. A. Alfero