Absalón

[Absalom]. Tercer hijo de David (v.), cuya historia se narra en el Libro II de Samuel (v. Reyes). La casa de David no fue ni santa ni pacífica. Sur­gida del adulterio con Betsabé (v. y v. Natán), las piadosas esperanzas de su fun­dador renacían con cada uno de sus hijos (Absalom significa «padre de la paz», y Salomón, «pacífico») y morían con los pecados de éstos : el incesto de Amnón, la lujuria de Salomón (v.) y la rebeldía fra­tricida de Absalón.

La historia de este úl­timo es como una isla pagana en la Ciudad de Dios, rodeada por todas partes por la santidad de David: las dos ciudades habi­tan en una misma sangre. Absalón sale del silencioso país de Dios como un mármol alejandrino, para dar muerte en el convite a su incestuoso hermano, arrebatar la co­rona a su padre y morir casi inmediata­mente en un barranco bajo un diluvio de piedras después de haberse erigido a sí mismo un monumento en el Valle de los Reyes.

«En todo Israel no había ningún hombre tan bello como Absalón, de todo punto admirable desde la planta del pie hasta lo más alto de su cabeza; en él no había mancha». La belleza y el mal en­vuelven a Absalón como un mito griego, pero la santidad herida está tan cerca, que la molicie del príncipe arde en reflejos dia­bólicos. Tal vez en Roma hubiera sido un héroe, un Virginio, un conductor del pue­blo: en Jerusalén no hay más héroes que los santos ni otra política que la vara de Moisés (v.).

La política de Absalón, en cambio, es la de Rómulo, Edipo (v.) y Cam (v.): humana, esto es, diabólica. «La tierra entera lloraba a grandes voces y el pueblo entero andaba y el rey iba hasta más allá del Cedrón y el pueblo entero andaba hacia el camino del desierto». La humanidad de Absalón, frente a ese sím­bolo del sufrimiento de Israel, frente a ese desierto hacia el cual empuja a su padre, se vacía y se desfigura hasta convertirse a su vez en un desierto. Absalón huye, con su bellísima cabellera llameante y queda prendido de una encina, mientras su asna escapa y él muere allí suspendido en el aire, como un gran ciervo atravesado por tres lanzas.

Desde su torre, David le llora: «¿Quién me hará morir por ti, Absalón? ¡Hijo mío, hijo mío!» Absalón no es un alma: es el sufrimiento de David encerra­do en un cuerpo animal; lejos de la luz, ¿quién habría visto su sombra? En la sombra de los gentiles, las almas no se ven. Pero él se halla en la luz de Jerusalén y es hijo del ungido del Señor. En ello pre­cisamente radica su maldición.

P. De Benedetti