Antiguo sabio indio, cuya leyenda se narra en el Brahmapurāṇa (v. Purāṇa) y en el Vişṇupurāna. El viejo Kaṇḑu observaba una severísima penitencia que había alarmado a los propios dioses.
Entonces Indra (v.), interpretando el deseo de todos, confía a la Apsaras (v.) Pramlocā la misión de bajar a la tierra a perturbar e interrumpir las devociones del anciano, concediéndole, para ese fin, la ayuda y el concurso de Kāma (v.), del dios de la primavera que infunde sus encantos a todas las cosas, y del Viento, que lleva consigo el embriagador perfume de las flores. Extasiado ante la espléndida visión de la ninfa divina, que se le aparece rodeada de luces y de colores mientras a su alrededor resuena el armonioso canto de los pájaros y se esparce el suave perfume de las flores, Kaṇḑu, vencido por Káma, hace entrar en su yermo a Pramlocā y pronto, con la fuerza de su penitencia, se transforma en un apuesto joven, que olvidando sus devociones, dedica todos sus días a los goces del amor.
Pasan cien años y Pramlocā quiere volver a subir al cielo, pero Kaṇḑu le ruega que se quede todavía un poco más. Pasan cien años más y de nuevo Pramlocā manifiesta aquel deseo aunque acaba por ceder a las instancias de Kaṇḑu y sigue con él otros cien años. Así ocurre por tres veces hasta que un día, al atardecer, el anacoreta sale de su erial y cuando la bella le pregunta dónde va, le contesta que el día toca a su fin y que él debe cumplir con sus devociones con el crepúsculo si no quiere faltar a sus deberes. Pramlocā ríe pensando en los siglos que han pasado sin que Kaṇḑu se acordara de sus prácticas religiosas, pero aquél, a quien los goces han hecho perder la noción del tiempo, exclama: «Esta mañana llegaste, oh feliz, a esta amena ribera del río y yo te vi, oh mujer de bellos flancos, y te dejé entrar en mi yermo.
Pero he aquí que llega el crepúsculo y el día termina. ¿Por qué te ríes? Dime la verdad». Destruida su falaz ilusión y desesperado al ver perdidos los frutos de su penitencia, Kaṇḑu maldice a Pramlocā y a la pasión sensual a la que tan culpablemente ha cedido. Luego se traslada a un famoso lugar consagrado a Vi§nu (v.) y allí, gracias al auxilio de aquel excelso dios repetidamente implorado y a la asidua meditación, consigue verse finalmente liberado del ciclo de los renacimientos. Y así, con la glorificación de Vişṇu representado como el dios único y supremo, se cierra esa bella leyenda en la que el combate entre el deber y el placer, entre el espíritu y la carne, halla tan original y poética representación.
M. Vallauri

