Karénin

Llamado Aleksei Aleksandro­vich, personaje de Ana Karénina (v.), de León Tolstoi (Lev Nikolaevič Tolstoj, 1828- 1910).

Marido de la heroína que da su nom­bre a la novela, aparece como una intere­sante figura, en el conjunto tolstoiano de tipos sacados de la realidad, no sólo por la situación en que se encuentra, a conse­cuencia del drama conyugal que constituye el núcleo de la novela, sino también porque en su persona el escritor pretende pintar toda una clase social que hasta la época en que Ana Karénina fue creada no había figurado jamás en sus novelas, o a lo sumo sólo una vez, episódicamente, en la figura del político Speranski de Guerra y paz (v.): la clase de los altos funcionarios, dig­natarios y burócratas rusos.

Pero la aridez del burócrata, momificado entre sus expe­dientes, no es ni completa ni definitiva: cierto es que incluso en el trágico momento de la explicación con su mujer, su actitud se mantiene fiel a sus convicciones funda­mentales, y por ello Karénin habla sobre todo de las «leyes de la conveniencia», del significado religioso del matrimonio, en virtud del cual la traición es un delito, de la desdicha de la familia y del hijo, todo ello según un programa; pero sus sufrimientos interiores se vislumbran y se perciben, con­venciéndonos y conmoviéndonos más que irritándonos. Karénin creía conocer a Ana pero sólo conocía sus costumbres, sus gustos, su cultura y sus debilidades; ignoraba su auténtico carácter, que no había sabido ver por culpa de sus excesivas preocupa­ciones de funcionario ejemplar: de ahí que en su espíritu surja de momento un con­flicto, en el que inmediatamente vence su formalismo, tan enojoso para su esposa, aunque luego se despierte nuevamente el sentimiento, dando lugar a aquella confusa mezcla de emoción y de serenidad espiri­tual que se apodera de él junto al lecho de muerte de Ana y ante la criatura na­cida del adulterio.

Tal vez éste sea el momento más humano de toda la pintura tolstoiana de este personaje, según el punto de vista del autor, que en el hombre busca siempre aquello que pueda suscitar com­pasión y amor. Artísticamente, es indudable que existe un desequilibrio entre la pri­mera parte de la novela, que casi tiende a ser una sátira del tipo de Karénin, y la segunda en la que toda intención satírica desaparece: de este desequilibrio deriva el desconcierto del lector, el cual, inicialmente hostil a Karénin, luego, cuando se halla frente a su humanidad íntima, apenas se da cuenta de las verdaderas intenciones del artista y logra superar su antipatía inicial.

E. Lo Gatto