[Jude Fawley]. Protagonista de la novela Judas el oscuro (v.) de Thomas Hardy (1840-1928). Su naturaleza de campesino fuerte y sereno, y en cierto modo resignado a sus instintos sencillos y bajos, se ve trastornada y desequilibrada por una tormentosa aspiración que ha ido acariciando desde su juventud solitaria entre los brezales de su tierra nativa.
El ansia de saber y la ambición le impulsan a sobrepasarse y a considerarse destinado a una misión de intelectualismo audaz y doloroso; y ello le lleva a luchar contra sus instintos más arraigados y contra las circunstancias que le atenazan, para crearse una existencia más alta en la que pueda realizar su pretendido destino ascético de estudio y de trabajo, pasando a través de la experiencia del dolor (por el cual siente instintiva repugnancia), no en busca de la felicidad, sino de un conocimiento sólido y de la pura belleza. Las torres de la ciudad de Oxford, que Judas otea desde sus colinas en una fantástica lontananza, se convierten así para él en una obsesiva meta ideal, pero tan vaga que su aspiración nebulosa no logra transformarse en un plan práctico y preciso.
Mientras tanto, su voluntad se ha debilitado y esterilizado y él se ha dejado vencer por sus instintos sensuales, de tal modo que ya no reacciona ante la oscura crueldad del universo ni ante el azar irónico y brutal que lo lleva de aquí para allá como un juguete suyo. En su prima Sue (v. Susana Bridehead) halla un ser semejante, también intoxicado por el conflicto no resuelto entre el cerebro y los instintos. Judas y Sue no hacen otra cosa que envenenarse mutuamente.
Incapaz de emprender nada concreto para acercarse a su ilusoria aspiración, pero, por otra parte, incapaz también de renunciar a ella, Judas acaba concentrando su voluntad en el miserable esfuerzo de acercarse materialmente a Oxford, que es su eterno espejismo; pero su alma es ahora débil y obtusa y carece de elasticidad para reaccionar a cualquier estímulo. Judas es una víctima de sí mismo, y su culpa, extrañamente irónica, es la de no haber querido aceptar la bajeza de su propio ser.
N. D’Agostino

