Judas Iscariote

Es el personaje más trá­gico del Evangelio, cuyo misterio queda en parte por descifrar. El «hombre de Carioth» (ish-Qarioth), localidad de Judea meridio­nal — es el único judío entre todos los após­toles, que eran galileos — está marcado con la nota de infamia: «el que traicionó», y desde hace veinte siglos soporta el peso de su traición.

Era «uno de los Doce» ele­gidos por Jesús y llamados a su intimidad, pero aquel singular privilegio no tuvo resonancia en su corazón cerrado. En el epi­sodio de la unción de Betania, nos mani­fiesta su alma miserable y obtusa al de­plorar el derroche de aromas preciosas que tan atentamente había sabido valorar: « ¿Por qué no vender aquel perfume por 300 denarios y dárselos a los pobres? Pero no lo dijo porque le importasen los pobres, sino porque era ladrón y como cuidaba de la bolsa (el peculio que servía a Jesús y a los Doce), se llevaba todo cuanto se ponía en ella» (cfr. Juan, XII, 5-6).

Mientras pon­tífices, fariseos y saduceos buscan la ma­nera de apoderarse de Jesús sin chocar vio­lentamente con el entusiasmo de las mul­titudes por el Maestro, Judas se ofrece a entregárselo por 30 siclos de plata, «precio de la sangre». En la Última Cena, Jesús de­nuncia al infiel, el cual desaparece en la noche para ponerse al frente de la solda­desca que prenderá al Salvador en Getsemaní. Y el beso que da a su víctima para que los esbirros la reconozcan, y su insen­sibilidad al cordial saludo de Jesús que le interpela como «amigo», completan el cua­dro de su endurecida conciencia.

Luego de condenado Jesús a muerte, Judas, abrumado por el terror y presa de una «penitencia» sin lágrimas ni corazón, pretende restituir el dinero maldito, y, ante la desdeñosa ne­gativa del sanedrín, lleva a cabo el acto de suprema desesperación: arroja las mo­nedas en dirección al Santuario y se ahor­ca. Las tentativas para resolver el enigma de Judas datan de muy antiguo. Ya en el siglo II, algunos gnósticos (cainitas o judaítas) consideraban que la humanidad de­bía gratitud a Judas porque había puesto en manos de la justicia a un subversor de la verdad, o porque había acelerado la re­dención humana al entregar a Jesús a sus verdugos.

Ambas soluciones han hallado acogida entre los modernos, y especial­mente entre quienes se ingenian por lavar de algún modo a Judas de su infame man­cha; pero el Evangelio ofrece elementos seguros y suficientes para juzgarle. La ava­ricia y el cálculo constituyen el origen del pecado de Judas. Inteligente y frío, espe­raba que cuando Jesús inauguraría el reino mesiánico, que él interpretaba como un reino de esplendores materiales y políticos, él se hallaría en una posición privilegiada que le permitiría satisfacer su afán de ri­quezas.

Pero, ante sus propios ojos, Jesús llevaba una vida pobre y sin cuidados, pro­testaba de que no quería fundar un reino «de este mundo», y permitía que los jefes de la nación le persiguieran. Luego había empezado a hablar con insistencia de su próximo fin sangriento, mientras el sane­drín, por su parte, había decidido eliminar al irreductible Maestro. Judas, entonces, se ve perdido: no será rico y glorioso con Jesús y en cambio se verá proscrito por las autoridades de su pueblo.

Cegado por la rabia y por el miedo, denuncia a su Maestro, pero cuando, en un momento de lucidez mide aterrorizado el abismo en que se precipitó, el arrepentimiento se apodera súbitamente de él y le impulsa a gritar a los sacerdotes la inocencia de Jesús, en una desesperada tentativa por salvarle. Pero nadie se apiada de su conciencia y él no tiene valor para ir en busca de su víctima. Y al ver cerrados ante sí todos los caminos, se da la muerte. Jesús había ya dicho a los apóstoles: «uno de vosotros es un diablo» (Juan, VI, 70), y el motivo de la posesión diabólica se repite insistentemente en el Evangelio (Juan, XIII, 2, 27).

Judas, «hijo de la perdición», es un Lucifer terrenal precipitado desde la altura de su vocación apostólica al infierno de la traición y el suicidio; un abismo humano tenebroso e insondable.

S. Garofalo