Joel

[Yō’el = Yahvé es Dios]. La pro­fecía de Joel, que el Libro de los doce pro­fetas menores nos trae como un sonido de címbalos y de arpas en un continuo re­lampagueo de llamas entre serenos espa­cios, surge de una historia desconocida para hablarnos con voz de heraldo: «Rasgaos los corazones y no las vestiduras y convertíos al Señor».

A su alrededor, un país devas­tado por la langosta: «Ha roído la corteza de mi higuera, la ha dejado desnuda, y despojada y deshojada y sus ramas se han vuelto blancas… y los labradores lloran por el trigo y por la cebada, porque se ha per­dido la cosecha». Y tras las langostas, vie­nen las hordas de Gog (v.): «La tierra es delante de él como un jardín de delicias y detrás de él como la soledad de un de­sierto… se precipitarán por las ventanas… correrán sobre las murallas y subirán a las casas». Y luego, el fin de todos los fines, el «grande y terrible día del Señor».

La voz de Joel es como un trueno. «¡pueblos, pueblos, al valle del Juicio!» Bajo un cielo de sangre, el profeta se yergue sobre el valle de Josafat (v.), como un pastor que cuenta sus ovejas: «el desfiladero está lle­no, los desfiladeros están llenos a rebosar… Y el Señor rugirá desde Sión». Y en la al­tura, en medio de las tinieblas, aparece una oscura columna, inmóvil en medio de la turbación de todas las cosas, cuando «hasta las bestias de los campos levantan los ojos a Ti como un campo sediento»; sin un sen­timiento, sin un temblor, con el alma de piedra y la garganta de bronce: «Tocad las trompetas en Sión, gritad sobre mi monta­ña sagrada».

El pueblo es azotado por el pensamiento de las postrimerías; y he aquí el valle de Josafat, que se cierra como una tumba hundiéndose en el futuro. La pro­fecía se ilumina en un lago de consuelos: «Esparciré mi espíritu sobre todos los hom­bres… los montes manarán dulzura y las colinas rezumarán leche… y de la casa del Señor brotará una fuente». Pero en el jar­dín mesiánico el alma de Joel no cambia, sino que permanece aguda y rígida como una espada. Joel es el profeta que jamás habla de sí mismo; su figura es la imagen de aquel que trastrueca la palabra de Isaías: «Transformad en espadas vuestros arados y en lanzas vuestros azadones, y que el débil diga: Soy fuerte». Nadie como él obró este milagro convirtiendo una débil palabra humana en espada y lanza y diciendo: Soy fuerte. Y su palabra retumba en el valle de Josafat sobre los labios de Dios.

P. De Benedetti