Jeroboam

[Yārōbh,ām]. Fue el prime­ro de los reyes cismáticos de Israel. Sa­lomón (v.) había echado oro en las grietas de su real edificio, pero las manos del pue­blo trataban de arrancarlo, y así, al morir el rey, los muros se hendieron.

Sobre Roboam (v.), hijo del monarca, recayó la pe­sada herencia de oro, concubinas, lujuria y odios amontonados en Jerusalén de Judá. Las diez tribus septentrionales, empero, in­clináronse hacia un hombre perteneciente a la de Efraím, hijo de una viuda y jefe de trabajos forzados en la tribu de José (v.). Dios había puesto en él sus miradas ya desde muy antiguo, sobre el camino so­litario : «He ahí que voy a desgarrar el reino en las manos de Salomón y te daré diez de sus tribus… una sola dejaré a su hijo, para que una lámpara de David, mi siervo, permanezca perpetuamente ante mí en la ciudad de Jerusalén».

Y Jeroboam regresó de Egipto, donde se había refugiado huyendo del rey vivo, para arrebatar su parte del monarca muerto. Su vida se mo­dulará siempre contra el sentido de aquella profecía: captó las palabras de Dios «voy a desgarrar» y olvidó las otras «te daré». Recogió el fruto, pero no conservó la plan­ta; en la soberbia del tomar no acordóse de que recibía. Por sus territorios resonaba la canción de los herejes: «¿Qué vamos a com­partir con David?»; y su jefe real, que no se había inclinado ante el Dios invisible y parlante, adoróle en las imágenes del becerro de oro. No quería ser copartícipe con David ni siquiera del culto al Dios único, y prefirió la autonomía y la soledad del pecado a la comunión de los santos.

Alre­dedor del ocaso del monarca revolotean las profecías; los altares idólatras cuartéanse cual sepulcros de resucitados. «Altar, altar, así dice el Señor: He ahí que nacerá un hijo de la casa de David, de nombre Josías, que inmolará sobre ti a los sacerdo­tes… y sobre ti hará quemar huesos huma­nos». Andan los profetas por los caminos de su reino y claman: «He sido enviado a ti cual mensajero funesto… Aventaré los restos de la casa de Jeroboam como se acostumbra barrer el estiércol». No obs­tante, aquel estercolero encerraba una pe­queña perla: Aías, el hijo de Jeroboam. El Señor la recogió: «murió el niño, y fue sepultado. Israel entero le lloró». No que­daba ya en el país nada digno de ser pre­servado. Y Dios lo rechazó junto con su rey, cual se aleja con el pie la barca vacía.

P. De Benedetti