Jeremías

[Yirměyāhū o Yirměyah], Es uno de los mayores profetas de la antigüe­dad hebrea, autor del libro bíblico de su nombre (v.) y de las Lamentaciones (v.).

Jeremías, hijo de Helcías, es la santidad en la historia; pocas veces una figura tan unida a Dios fue históricamente tan com­pleta. Nada ignoramos acerca de él: nació hacia el 650 a. de C., en Anathoth, tierra de Benjamín, de estirpe sacerdotal, y re­cibió la inspiración el año 626. Profetizó durante los reinados de Josías (v.), Joakim, Sedecías (v.) y Godolías, monarcas de Judá; sufrió cautiverio y hambre, vió arder Jerusalén y el Templo a su alrededor, fue testigo de la deportación del pueblo por Nabucodonosor (v.), y fue llevado a Egipto por los supervivientes del partido favorable a este país.

Jeremías, que, como profeta, no podía tener el don de la ilusión, «sentó­se, llorando, y vertió, en esta lamentación, sus lágrimas sobre Jerusalén, y con el co­razón lleno de amargura, suspirando y gi­miendo, dijo: ‘¡Cuán solitaria ha quedado la populosa ciudad! La señora de las na­ciones ha pasado a ser cual una viuda’». También él fue siempre sólo una ruina: a diferencia de un Samuel (v.), por ejem­plo, no depuso a reyes, ni vivió de mila­gros, ni logró gobernar a nadie. La voz de Dios se juzgó ser elocuencia filobabilónica.

El Señor se había fijado en el espíritu más humilde y escondido, en el alma retraída como un desierto: «Ah, ah, ah, Señor Dios, ya ves que yo no sé hablar, puesto que sólo soy un niño». Pero el Señor habita en el desierto, y de esta mística nulidad surgió una voz gigantesca. Jeremías renunció a la contemplación, a la sombra; el mundo incomprensible del pecado le atraía hacia sí, para verse reconocido y descamado en aquel momento trágico en que todos los hombres eran pequeños y cualquier simbolismo cre­cía como una nube sobre la ciudad. Sucédense los reyes, muertos, deportados, cega­dos y odiados por Dios.

Jeremías entra y sale de las cárceles una y otra vez. Y, más allá de los angostos muros y los días bre­ves, va lanzando los oráculos, ve la oleada de los pueblos que desde el Norte se vuel­can sobre Judá cual una caldera hirviente, y contempla la palabra de Dios que florece como un almendro en medio de la desola­ción invernal. La caldera y el almendro son los dos símbolos del profeta. Suyas son las excelsas palabras que los hebreos jamás comprenderán: la gracia no proviene del Templo, sino de Quien lo habita, y mientras mora en él.

Los dos polos de su verbo se enraízan aquí, en el invisible es­píritu, desde las cenizas hasta el Mesías: «Yo suscitaré un retoño a David (v.)». Un rayo de luz de Isaías (v.), un júbilo re­moto; en la región más perturbada su voz se modifica, se aclara el humo de los incen­dios y más allá aparece la significación de todo mal: «Yo suscitaré un retoño a David». A su alrededor, todo es pecado y ruina; más monótono todavía que sus persistentes advertencias es el continuo pecar. Amena­zar y consolar; ¿dónde, pues, se refugia la fragilidad del profeta para no verse aplas­tada por el Absoluto? En la poesía. Sin embargo, y como siempre, también en la música es voz de Dios.

El Señor lo ha tomado y se lo ha apropiado ya antes de su nacimiento: se ha edificado un templo de carne y palabras para hallarse más ve­cino al pecado, y para recoger el arrepenti­miento hasta en las cárceles caldeas. La santidad del hombre Jeremías proviene de este rapto, de su vacuidad llena de terrible cielo, y de la renuncia a ser otra cosa que voz, a ser él mismo. Nada más próximo y, al mismo tiempo, más lejano del símbolo. Jeremías no se halla en los simbolismos, ni en el llanto de las Lamentaciones. Es el contemplador de Dios en la historia más impura, en el mismo reino del demonio.

P. De Benedetti