Heroína de la novela de su nombre (v.) del escritor americano Theodore Dreiser (1871-1945). Esta amable figura de muchacha nacida en la pobreza surge de la misma vena americana que creó los personajes de Donatello (v.) de Hawthorne y Huckleberry Finn (v.) de Mark Twain, y que crearía asimismo el de Eugenio Gant (v.) de Wolfe.
Salida «del fondo de unas aguas abismales… del lodo y del moho» — abismo de la imaginación americana en la que Dreiser bucea como un primitivo animal de tres patas, enorme y sin ojos —, vuelca sobre todas las cosas vivientes una ternura, una bondad y una generosidad fabulosas, así como aquella inocencia vegetativa que, en las obras del autor, distinguen al «idealista» y al «soñador», o sea a aquellos para quienes el mundo es «verdaderamente un país de maravillas, algo de infinita belleza, que, si pudieran recorrerlo dejándose llevar por el ensueño, se parecería mucho al cielo»; aquellos que, llevando en sí los oscuros y secretos «procesos de la madre del universo», están destinados a que les deslumbre la resplandeciente superficie metálica de la moderna civilización americana.
Nacida de una humilde familia alemana inmigrada en el Middlewest, Jenny hereda «la fantasía, el sentimiento y la innata afectividad de la inculta pero poética mente de su madre» a la vez que la gravedad religiosa de su padre. Pero más aún que de ellos, esa primordial madre de los héroes y de las heroínas dreiserianos debe a sus visionarios orígenes americanos su asombro y su estupor ante los árboles, la lluvia y las nubes, como les debe su intimidad con la naturaleza orgánica y con las presencias infrahumanas que en ella residen y su incredulidad de extranjera sencilla y pura de corazón ante el espectáculo de la vida en la América moderna.
De frescas mejillas y azules ojos, mórbida de carnes y con la graciosa cabeza «coronada por el resplandor de sus cabellos peinados con encantadora sencillez», Jenny ha nacido «para dar, no para pedir»; para sentir, no para obrar. Mientras lava la ropa o acuna a sus hermanos o hermanas menores, medita silenciosamente sobre la «maravilla de la vida», y el «asombroso mar de sentimientos que hay en ella» se expresa en un «canto de bondad». Conmovida por la amabilidad de un senador cuyas camisas lava, cuando está sirviendo como camarera en un hotel de Ohio, se deja seducir por él; el senador muere y ella da a luz más tarde a una hija ilegítima.
Sacrificándose en aras de las necesidades de su niña y de su familia, consiente en ser la amante de un rico hombre de negocios con el cual convive hasta que, al cabo de muchos años, las convenciones sociales obligan a aquél a abandonarla. Uno a uno van desapareciendo todos aquellos a quienes diera sin medida su desinteresado amor: a la muerte de su madre y a la dispersión de su familia siguen la muerte de su padre, la de su hija y finalmente la de su amante. Un legado de éste le permite ahora, cuando es ya una mujer «corpulenta como una matrona… de temperamento dulce, amable y generoso», adoptar a dos jóvenes huérfanas y contemplar «un desfile de años solitarios».
Inmaculada en su pureza, inocente con su inocencia de espíritu vegetativo que la dureza de su vida se limita a confirmar, Jenny está «infundida de un sentido del dolor, de la privación, de la belleza y del misterio». Sostenida por la «fuerza del amor… el apoyo de la paciencia y la dominante dulzura del sacrificio», su alma «alcanza la medida colmada de su ser». Las figuras de Dreiser, como observa Alfred Kazin (con mayor razón por lo que respecta a Jenny que por lo que se refiere a las demás), «no son bastante resistentes para ser trágicas, y ni siquiera son únicamente tristes; son como figuras en un sueño que ellas mismas van tejiendo, sorprendidas, a su propio alrededor».
Jenny no supera jamás la sorpresa que en ella suscita la existencia del mundo y la de ella misma en éste; contemplando su vida reflexiona: «¡Qué cosas tan curiosas me han ocurrido!» Su eterno maravillarse ante todas las cosas sería infantil si no fuera más bien primigenio: como carácter humano desarrollado, Jenny no emerge de la «sustancia sin forma» de la materia orgánica sintiente, como tampoco los inacabados esclavos de Miguel Ángel acaban de surgir de sus bloques de piedra. Y por lo mismo que Jenny no llega a ser una «persona», el relato de Dreiser, que parece cernerse constantemente por encima del desastre literario, precipitándose a cada momento en él, no es un vulgar melodrama lacrimoso, sino por el contrario una balbuciente poesía bárbara.
En ella el aguijón material del lacrimoso melodrama tradicional sirve para traducir, no una «condición humana», sino el estado de la pasividad indeterminada que precede a toda condición humana y que obsesiona los sueños del poeta en un nuevo mundo en el que toda tradicional condición humana ha sido suplantada. Los descendientes de Jenny (v. Clyde Griffiths, Cowperwood, Hurstwood, la Hermana Carrie) apenas son más capaces que ella de poner de acuerdo la vida de este nuevo mundo, tan distinta de la «humana», con la suya, que es a la vez algo menos y algo más que humana.
Separándose de ella, se convierten en nómadas — organismos humanos en su forma exterior, pero carentes de la identidad moral o cultural que caracteriza a las personas humanas — que andan errantes bajo un deslumbramiento caleidoscópico. Y lo poco que conservan de identidad humana, como figuras de un sueño, lo deben a Jenny.
S. Geist

