Jeppe de Bjerget

Protagonista de la comedia que lleva su nombre (v.), del es­critor escandinavo Ludvig Holberg (1684- 1754). Es un personaje proverbial en Dina­marca: bueno dotado de abundante sen­tido común campesino, es débil frente a la vida y se ve continuamente apaleado por su mujer, que en vano intenta curarle del vicio de la bebida, pierde su honor conyu­gal por culpa del sacristán y, explotado por todos y embrutecido por la fatiga y la miseria, no aspira a otra cosa que a emborracharse de aguardiente, única fuente de goce y de consuelo para él.

Ni siquiera se atreve a desear que su mujer se muera, pues teme que luego vuelva del infierno todavía peor que antes, rechazada incluso por los diablos. «La gente dice que Jeppe bebe — exclama en un famoso monólogo —, pero no dice por qué bebe», y entonces enumera lúcidamente las causas de su em­brutecimiento: la falta de valor, la pre­sencia del terrible Mester Erik (el bastón) detrás de la cama, su natural bondad y su espíritu cristiano son las causas de que se someta sin rebelarse a la miseria y a la abyección.

Pero apenas se ve transfor­mado por unas horas en barón, a conse­cuencia de una burla cruel, a pesar de que conserva su pasión por la bebida y su ma­nía de citar constantemente proverbios y pasajes bíblicos, manifiesta una crueldad y un afán de poder de los que nunca se le hubiera creído capaz: quiere mandar ahor­car al administrador, a cuya esposa pre­tende seducir, y maltrata a la servidumbre. Pero este despertar de otros instintos del animal hombre hasta entonces adormecido dura poco: vuelto a su triste realidad coti­diana, Jeppe acepta nuevamente sin pro­testas la miseria, la suciedad y los palos de su esposa, exclamando filosóficamente que «el bien no suele durar».

Condenado luego a muerte — también por burla — y luego indultado en el último momento, cuando se había ya patéticamente despedido de su mujer, de sus hijos y de sus animales, se dirige sin vacilar hacia la taberna no sin antes haber dado sinceramente las gracias a los autores de la burla por los cuatro táleros que le han dado para resarcirle de ella. La figura de Jeppe ha sido interpre­tada desde un punto de vista social, his­tórico y nacional, y se ha querido ver en él al típico campesino danés de principios del siglo XVIII víctima de la guerra, de la peste y de la servidumbre de la gleba, to­davía prácticamente existente, pero dis­puesto a su vez a convertirse en tirano en cuanto llegara al poder.

Pero lo que a nos­otros nos interesa es la humanidad doliente y mísera, y siempre actual de Jeppe, que éste conserva aún en los momentos más desesperados, así como cierto humorismo socarrón que, si no atestigua su sentido moral, nos lleva a creer por lo menos en su inteligencia.

A. Manchi