Javert

Personaje de Los miserables (v.), de Víctor Hugo (1802-1885), es el hom­bre del deber: en su calidad de policía, interpreta sus obligaciones en la forma más rigurosa, hasta rodear con una especie de idealismo castrense no tanto su profesión como la obediencia a las leyes que la rigen.

Javert ve la humanidad dividida en dos campos distintos: el de quienes siguen la ley y el de quienes están al margen de ella, y se considera encargado de imponer efectivamente la ley a quien efectivamente la rechace. Pero por debajo de esta con­cepción elemental, está su humanidad, que él mismo ignora; poco a poco va madurando en el intransigente policía la oscura sensación de que su mundo de escuetos tra­zos, sin esfumados ni medias tintas, no corresponde a la realidad de los hombres sobre los cuales actúa.

Y, cuanto más Javert se aproxima a la conciencia de ello, tanto más se atrinchera tras un baluarte de intransigencia, ya que su profesión no admite términos medios. Cuando nos aparece en la novela, ha llegado ya a ese momento, pero nadie lo sospecha, ni siquiera él. Su drama es, pues, durante la mayor parte del relato, algo externo a él, quizás advertido apenas por ecos interiores. Así vemos a este hombre tan justo obligado por un trá­gico destino a ofender continuamente, en el cumplimiento de su deber, toda justicia humana.

Sus víctimas son una desdichada mujerzuela callejera, Fantine (v.), y un presidiario evadido, Jean Valjean (v.), entrambos iluminados por una luz a la que Javert es fatalmente ciego. Cuando podrá verla, toda su vida quedará destruida y no le será posible construirse otra. Javert in­fringe entonces su deber por primera vez en su vida, al permitir que Jean Valjean escape en el momento mismo en que él le detiene, y cumple por última vez su misión al enviar a sus superiores un memorial de oficio; luego deja que el Sena le engulla.

En esa aceptación trágica de las dos per­sonalidades que Javert descubre en sí mis­mo, en ese dar al hombre y al policía un reconocimiento igual de sendos derechos, Javert se revela como una típica criatura victorhuguesca: su gesto es comparable al de Lantenac (v.) en Noventa y Tres (v.), que primero premia y después manda fusi­lar al artillero que, a bordo de una nave, ha expuesto la vida para fijar un cañón que por su culpa se había soltado.

U. Déttore