Jasón

Es uno de aquellos hé­roes que el mito griego parece contemplar desde fuera, en el hechizo de sus aventuras y en el clima de un drama más universal que personal: figura solar y predestinada, superior a sus propios errores y a sus pro­pios dolores.

En él no se ha definido toda­vía aquella forma psicológica que habrá de caracterizar a los héroes de épocas más tardías y que parece constituir un límite y una distancia entre el hombre y «su mun­do: a diferencia de Ulises (v.), que siempre se halla en relación directa con sus aven­turas, ya sea que las sufra, ya sea que las domine, Jasón se confunde con ellas y es el alma misma de la vicisitud que está vi­viendo y su personalidad, más que por un rostro, se distingue por una luz y se mezcla con las imágenes del navío Argos y del Vellocino o Toisón de Oro.

Su leyenda si­gue un esquema común al de muchos otros héroes, cuya expresión más completa se halla quizás en Teseo (v.): primero, una serie de episodios audaces y victoriosos; luego, una aventura de amor que se inserta en la marcha general del «epos» y a la que éste parecía tender desde el principio, como en busca de su cumplimiento; finalmente, una traición inesperada, que confiere a la luminosa figura del personaje un valor trá­gico y que va seguida, más o menos de cer­ca, por la expiación. Hijo de Esón, rey de Yolcos, Jasón no puede suceder a su padre, porque su tío Felias se apodera del trono.

Análogamente a Aquiles (v.) ya otros mu­chos héroes griegos, es educado por el cen­tauro Quirón; de regreso a Yolcos para hacer valer sus derechos sobre el reino pa­terno, Felias le confía la misión de ir a Cólquida, a la corte del rey Eetes, para conquistar el Vellocino de Oro, o sea la piel del prodigioso carnero que sirviera de montura a Frixo para huir de las insidias de Atamante: sólo si se apodera de esa ma­ravillosa reliquia, que el rey Eetes tiene en su poder, Jasón recobrará el trono.

El joven parte, pues, a bordo de la nave Argos con cincuenta compañeros, los argonautas, y llega a Cólquida, donde la hija del rey, la bella maga Medea (v.), se enamora de él y, con sus artes mágicas, le permite su­perar las terribles pruebas que se le im­ponen para obtener el Vellocino; huye con Medea, juntos dan muerte y despedazan al hermano de ésta, Absirto, para escapar a la persecución de que son objeto; en Yolcos se vengan de Felias, que mientras tanto había dado muerte a Esón: en efecto, la cruel Medea convence a las hijas de Felias de que den muerte a su padre diciéndoles que así lograrán devolverle la juven­tud.

Al cabo de diez años, Jasón, enamo­rado de Glauce o Creusa, repudia a Medea para contraer nuevas nupcias; pero ésta no se resigna y envía a su rival unos má­gicos ornamentos que la queman en cuanto se los pone; da luego muerte a los hijos que tuvo de Jasón y huye en trágico triun­fo abandonando a éste a la desesperación y al suicidio. Jasón vive, pues, en dos epi­sodios distintos: el uno lleno de luz, tal como nos lo presenta Píndaro en su cuarta Olímpica y en su tercera ístmica (v. Epi­nicios) y tal como lo hallamos también en los poemas de Apolonio de Rodas y de Va­lerio Plauto (v. Argonáuticas); y el otro, trágico y siniestro, preferido por la tradi­ción teatral, y transmitido hasta nosotros por la Medea (v.) de Eurípides y por la de Séneca.

Pero entre el uno y el otro, la tradición pone en evidencia un nexo que asegura la continuidad aparentemente inte­rrumpida. En efecto, la característica prin­cipal de Jasón es la belleza: aquella belleza celebrada por Píndaro y que, a la primera aparición del héroe en Yolcos, revestido de un traje magnesio, adornado con una piel de pantera y con la larga cabellera suelta, le hacía comparable en majestad a Apolo o a Marte. A partir de aquel momento, la azarosa existencia de Jasón es toda ella función de su aspecto exterior, que mara­villa al propio Felias, inflama a la cruel Medea, conquista los sentidos de la in­genua Glauce y acaba conduciendo al hé­roe a su ruina.

Su tragedia se halla, pues, detrás de su bello rostro, detrás de su ca­rácter solar, que al principio le brinda fáciles triunfos, la predilección de los dio­ses y el favor de los incautos, para luego, poco a poco, irse ofuscando según la parábola de una decadencia fatal que el espíritu griego ve siempre, con secreto pesimismo, implícita en las grandes figuras solares de su mitología.

U. Déttore