Jeanie Deans

Personaje de Las cár­celes de Edimburgo (v.), de Walter Scott (1771-1832), esta humilde y modesta cam­pesina es quizá la mejor lograda de las heroínas del novelista escocés.

Su inque­brantable fe en las creencias de sus padres (pertenecientes a la secta de los Cameronios) ha dado a su corazón una dureza de acero para resistir las más sutiles tenta­ciones y le ha conferido una serenidad que nada logra turbar. Comparada con otras sencillas heroínas de la literatura narrativa, Jeanie Deans no tiene la milagrosa paciencia de la Griselda (v.) medieval, ni es un modelo de conducta ejemplar como la die­ciochesca Pamela (v.).

Es sólo una campe­sina sin pretensiones, que no tiene la me­nor idea de que su heroísmo sobresale de lo ordinario. Cuando su enamorado intenta persuadirla de que no vaya a Londres, e intenta explicarle que el rey ya no está sentado a la puerta de su palacio para ad­ministrar justicia, sino que confía esa mi­sión a sus ministros, Jeanie contesta; «Si son ministros rectos y temerosos de Dios todavía será mejor para Effie y para mí».

Y Butler replica: «No comprendes ni siquie­ra las palabras más comunes que se refieren a la Corte: por ministros no se entiende ministros del culto, sacerdotes, sino los siervos oficiales del rey». «Sin duda—re­plica Jeanie—, el rey tendrá mucha más servidumbre que la duquesa en Dalkeith, y los criados de los grandes suelen ser más arrogantes que éstos, pero yo me vestiré decorosamente y les ofreceré alguna moneda de plata, como si fuera a visitar el palacio.

Y si tienen escrúpulo en aceptarla, les diré que voy por un asunto de vida o muerte, y sin duda me llevarán ante el rey y la reina».

M. Praz