[Iseut, Iseult la Blonde]. Juntamente con Tristán (v.) es la protagonista de una antigua historia de amor, la más perfecta de la Edad Media caballeresca, narrada repetidas veces por autores antiguos y modernos.
La encontramos primero en un lai (v. Lais) de María de Francia y, a su alrededor, varían las versiones de la aventura de Tristán e Isolda (v.): la de Thomas, la de Béroul y la de Gottfried von Strassburg, para no citar más que las principales entre las antiguas. Más modernamente, Wagner la hará vivir en la pura musicalidad de la pasión y finalmente un poeta filólogo, Joseph Bédier, narrará a los contemporáneos su antigua leyenda. Isolda aporta al mundo de los personajes femeninos un tipo nuevo, ignorado de la antigua tradición clásica, a pesar de que ésta parecía haber fijado para siempre los prototipos de toda posible figura de mujer.
Isolda es la adúltera que cede a cuanto el amor tiene de fatal y de mágico, permaneciendo sin embargo angustiosamente ligada a su honestidad de mujer y de esposa, siempre oscilante entre la feliz embriaguez de la pasión y el remordimiento perplejo y preñado de presagios siniestros. Su pasión por Tristán es debida a un filtro amoroso que súbita y decididamente le hace querer a un hombre hacia quien ya previamente tendían sus afectos, en una forma oscura en la que alternaban el odio y el amor; y ya en esta oscilación premonitoria de sus sentimientos parece contenerse la magia que el filtro habrá de denunciar simbólicamente y que constituye el secreto mismo del corazón humano.
A partir de aquel momento fatal, Isolda vive dos vidas igualmente reales: la de la amante, toda ella hecha de valores líricos, cálida de sensualidad y, a la vez, vibrante de abnegación y dispuesta al sacrificio de sí misma por el amado, y la de la esposa, profundamente consciente del sentido del deber y de la tradición y del respeto primordial que la mujer debe al mundo masculino y a sus naturales derechos a mandar. Así, Isolda vive el drama universal del adulterio con mucha mayor profundidad que Ginebra (v.), personaje de su misma época y de significación muy parecida. Más aún, en cierto modo, puede decirse que crea aquel drama, fijando sus términos en una forma que habrá de mantenerse hasta nuestros días, en aquella Ana Karénina (v.), que a tantos siglos de distancia aparecerá como una hermana suya.
Por un lado se halla el amor-pasión, fatalmente tendente a la muerte, feliz aniquilación del amado por el amado; por el otro, se halla el amor nupcial, necesariamente orientado hacia la norma y la tradición. La inconciliabilidad de estos amores es la misma de los dos hombres que constituyen sus respectivos objetos. Tristán, el caballero, y Marco, el rey (v. Marco), el uno sometido a un orden que a pesar de todo habrá de traicionar, y el otro justísimo conservador de ese mismo orden. Isolda, sin embargo, no puede renunciar ni a uno ni a otro, y, cuando el marido pone decididamente fin a su incertidumbre, arrojándola de su lado, la felicidad amorosa no logra hacerle olvidar su derrota como mujer: a partir de aquel momento, sólo vivirá para la muerte.
Su figura apenas varía en los relatos medievales: en todos ellos es la gran amante sobre quien pesa subterránea y a veces invisiblemente, la inmensa tristeza de una deserción. Como Tristán, Isolda se entregará al engaño y a la mentira. En algunas versiones llegará incluso a dar muerte a su fiel camarera Brangel (v.), y llegado el momento de someterse a la prueba del fuego para demostrar su inocencia, falsificará el juicio de Dios con el tranquilo impudor de una voluntad decidida a todo. El sentido de su carácter consiste en su fidelidad sin condiciones a su amante, y, juzgada desde este punto de vista, su figura puede llegar a adquirir la aureola del martirio.
Gottfried von Strassburg, especialmente, hombre medieval por excelencia, se abstiene de todo juicio moral sobre Isolda y no condena ninguna de sus acciones; a lo sumo la compadece. El Romanticismo (v.), en cambio, no supo comprender todo su drama, y acentuó su aspecto lírico: la Isolda de Wagner ha olvidado substancialmente la sombra del rey Marco para entregarse únicamente a una gran aventura pasional en la que los caracteres individuales combaten largamente entre sí^ antes de aplacarse en una común anulación. Igualmente alejadas del tipo primitivo se hallan aquella Isolda que Gabriele D’Annunzio soñó, no como personaje, sino más bien como tema lírico suscitador de un intenso clima de amor culpable, o la de Swinburne, totalmente encerrada en la fatalidad de su belleza.
En cambio, la Isolda de E. A. Robinson es casi la protagonista de una novela moderna, en la que el amor se justifica en sí y por sí. Recientemente, a través de la conmovida evocación de Bédier, Isolda ha vuelto a encontrar su antiguo clima y se ha convertido una vez más en la reina a quien un hechizo aleja para siempre de su honrado y solemne papel mientras, por otra parte, una espada de justicia la mantiene igualmente alejada, en secreto, de todo abandono a un amor sin otro fin que sí mismo.
El símbolo reaparece, en la leyenda de Bédier, con la conciencia de los nuevos tiempos a la vez que con la misma discreta alusión de los cantores antiguos. ¿Acaso hay quien ignore — dirá el anciano rey Marco al encontrar en el bosque a los dos amantes dormidos y separados por la espada de Tristán — que una espada desnuda entre dos cuerpos, es la salvaguardia de su castidad?» Isolda la Rubia debía vivir del filo de esa espada, de esa profunda necesidad moral que purifica la pasión; tenía que sentir dolorosamente en el fondo de su ser aquel combate, soportarlo con trágica ternura y con una perfección de motivos jamás alcanzados por ningún otro personaje, y dejarse consumir en él hasta quedar absuelta y revelar, en la intimidad de su pena, una igual y acongojada fidelidad al amor del hombre-rey y al del hombre- amante.
U. Déttore

