Heroína griega de un mito tebano, vinculada en un segundo tiempo a la trágica leyenda de Edipo (v.), como hermana de Antígona (v.), Eteocles y Polinice (v.). Figura como personaje secundario en Siete contra Tebas (v.) de Esquilo, donde Antígona da sepultura al cadáver de Polinice, y en Edipo en Colono (v. Edipo) de Sófocles, donde, con su hermana, una vez más, es presa del terrible destino de su familia y, luego de la desaparición milagrosa de Edipo, corre con Antígona a Tebas para intentar apaciguar a sus dos hermanos que se disponen al combate.
Sin embargo, la verdadera personalidad dramática de Ismene se halla en Antígona (v.), de Sófocles, donde, aunque su papel sea secundario con respecto al de su hermana, está dotado de una psicología propia, que contribuye a poner de relieve la figura misma de Antígona. Débil e infeliz, Ismene no ha sabido extraer de su desventura el valor ni la decisión heroica que caracterizan a su hermana; los acontecimientos, en lugar de templarla, la han abatido, y ella no piensa en desafiarlos, sino que se resigna a sufrirlos, dolorida e impotente: cuando Antígona la invita a seguirla para dar sepultura a su hermano, Ismene confiesa que se siente demasiado débil para cumplir aquello que, a pesar de todo, considera un deber sagrado para con los dioses, pero, siempre blanda y dulce, replica con tiernas declaraciones de afecto a las ásperas palabras de Antígona, que no oculta su desdén ante tanta cobardía.
En su alma sensible, empero, el ejemplo de Antígona tiene forzosamente que dejar huella; el dolor al verla perdida despierta en ella un nuevo heroísmo y casi una ansia de martirio, y cuando la sabe condenada a muerte, se acusa para morir con ella e implora esta gracia con palabras dolorosas y suplicantes, más aún a la propia Antígona que al tirano, como si sólo de aquélla pudiera obtener la muerte que le confiriera una talla heroica: «Si ella lo consiente, confieso que soy su cómplice y tengo parte en su culpa…», y luego: «Hermana, no me juzgues indigna de morir contigo y de honrar contigo al muerto. ¿Qué vida puede serme cara si me veo privada de ti?» Y a la áspera negativa de Antígona, Ismene no opone palabras airadas, sino sólo expresiones de profundo dolor; sin preocuparse de sí misma, intenta por última vez salvar a su hermana y halla el valor necesario — ella que no se había atrevido a violar a escondidas el funesto edicto de Creonte — para dirigirse personalmente al tirano y, en su sensibilidad femenina, oponer a éste el único argumento quizá capaz de intranquilizarle, siquiera sea sólo por un instante: el reproche de que al dar muerte a Antígona mata a la futura esposa de su propio hijo.
C. Schick

