[Ishmael]. Personaje de la novela Moby Dick (v.) del escritor americano Hermán Melville (1819-1891). Su nombre bíblico lo identifica como hombre expulsado de la casa paterna al desierto: sin embargo, en la obra de Melville, la expulsión no se debe a un decreto paterno, sino al propio y oscuro furor que Ishmael siente contra la cristiandad.
Aunque pobre, tiene los aristocráticos orígenes que Melville gusta de imaginar para sus héroes y para sí mismo (v. Pierre), pero a excepción de una alusión a su madrastra, tales orígenes permanecen en la penumbra. («Nuestras almas — observa — son como aquellos huérfanos cuyas madres solteras mueren al darlos a luz»). Una sed de contemplación que sólo pueden aplacar las vastas aguas del océano («imagen del inasequible fantasma de la existencia») y una «sempiterna afición a las cosas lejanas» — una necesidad de salir del mundo occidental, que parece anunciar el gesto simbólico de Gauguin para con Europa — le empujan, desde su juventud, a la vida de marino mercante.
Como Melville, navega por «mares prohibidos» y desembarca en «costas bárbaras»; vuelve a casa de sus antepasados, «el gran desierto americano», y por algún tiempo es maestro de escuela en una aldea. Pero un «noviembre húmedo y lluvioso» le penetra en el alma, incitándole a dirigir contra el mundo del horrible civilizado su «quebrantado corazón y su exasperada mano» de desterrado moral. E Ishmael vuelve al mar y a las maravillas y terrores que pueblan los remotos límites inexplorados de la imaginación occidental; esta vez a bordo de la ballenera «Pequod» mandada por Acab (v.).
Con ello termina su papel de personaje dramático, a excepción de su gesto final, antes de que empiece el viaje, el cual constituye, en un tono de confusa cordialidad que el autor no logra mantener, un prólogo a la tragedia de Achab y una introducción a algunos de sus temas más importantes. El desterrado de la Cristiandad es «redimido» de su odio a la humanidad por Queequeg (v.), desterrado de una isla de caníbales en el Pacífico: el blanco, al ver en el negro la «esencial» verdad humana de la que han renegado los demás blancos semejantes suyos, contrae con el negro una intimidad física y espiritual que podría definirse como homosexualismo si no nos fuera presentada como anterior a todo conocimiento del erotismo civilizado —como algo asexual, primordial, «puro», a la manera de un primitivo vínculo de sangre en el Beovulfo (v.) o en la litada (v.) —. La relación de Ishmael con Queequeg viene a repetir, en distinto tono, la de Achab con su esclavo negro Pip (v.); y del mismo modo que las últimas briznas de humanidad de Achab son recogidas y «salvadas» por Pip, también un superviviente de la naufragada «Pequod», Ishmael, es salvado por el ataúd de madera de Queequeg, que le mantiene a flote hasta que es recogido.
Lo que hubiera debido ser tumba de un noble salvaje se convierte en cuna de un proscrito. Luego de iniciado el viaje, el papel de Ishmael se transforma en el de un observador ubicuo que comenta con compasión, a la manera de un coro (v.) griego, la tragedia del héroe. Participa en la caza de Moby Dick (v.) como delegado y portavoz del autor; entra imaginativamente en la visión apocalíptica del cazador, pero permanece lo bastante alejado de ella para describirla como cosa vista y sentida aunque no comprendida por completo; traduce los acontecimientos del viaje en distintos géneros — narración, soliloquio y diálogo dramático, meditación filosófica y rapsodia en prosa — y ejerce la función de cronista y apologeta de la caza de ballenas, «bárbara vocación escandinava» de los descubridores, los pioneros y los héroes épicos: esos hombres que, reconociendo el principio de la «feroz destrucción perenne» que es el substrato «canibalístico» de la existencia, se enfrentan en el mar con «el entreverado de terrores y maravillas divinos».
Ishmael es el único superviviente de la catástrofe — física, metafísica y cultural — que destruye a Achab y a su nave. La ballenera «Raquel» — nave del humano amor que Achab, devorado por su propósito sobrehumano, ha rechazado — sólo encuentra, en la búsqueda de «hijos perdidos» a que se dedica su tripulación, al «huérfano» Ishmael: proscrito de la tradicional vida humana que todavía no ha penetrado en aquel mundo más allá del sol en el que es posible prescindir de ésta. Como su bíblico homónimo, Ishmael es el fundador de una aislada tribu de huérfanos culturales que errabundean en pos de él por el desierto.
S. Geist

