Isis

La más famosa de las divinidades femeninas del antiguo Egipto y la última que desapareció frente al cristianismo triun­fante. En los Textos de las Pirámides (v.), numerosos pasajes aluden a la primitiva concepción de esta divinidad como personi­ficación del cielo.

En efecto, su nombre, en la antigua lengua egipcia, significa «sede», en el sentido de sede celestial. Integrada en el sistema religioso de la ciudad de Heliópolis, figuró en la Enneada formando pareja con Osiris (v.), en concepto de her­mana y de esposa, y nadie ignora su parti­cipación en el mito y en la pasión osirianos. Después que Osiris hubo perecido por obra de su hermano Séth, Isis, acompañada de su hermana Nebthó, logró hallar su ca­dáver, sobre el cual profirió las Lamenta­ciones conservadas en un famoso papiro del museo de Berlín. De la pareja Isis-Osiris nació Horus (v.), al que la diosa pudo criar escondiéndole entre los aguazales de la ciu­dad de Chemmis, para sustraerle a la ira homicida de Séth.

Es también muy antiguo su aspecto de experta maga, cuyas artes no fallan jamás. El dios-sol heliopolitano Rie (v.), según refiere un célebre papiro del museo de Turín, poseía un nombre se­creto, dotado de un inmenso poder mágico, ignorado por los dioses. Isis, con barro amasado con su propia saliva, modeló una serpiente venenosa e hizo que mordiera a Rie, el cual sólo pudo liberarse de sus atro­ces dolores revelando aquel nombre a la diosa. La figura de Isis adquirió cada vez mayor importancia en la época saita, a par­tir del siglo VIII a. de C., y sobre todo, en el período helenisticoalejandrino. Su culto rebasó las fronteras de Egipto y halló adep­tos en las principales ciudades marítimas del Mediterráneo y en las metrópolis del mundo antiguo.

En Isis se honra a la diosa de la agricultura, de la navegación, de la justicia, de la medicina – y de otras artes. Se la saluda como madre del universo y de los hombres, a quienes concedió la «humanitas», y como reina de los muertos. Pero entre todas las divinidades del antiguo Egipto, Isis se impuso a las simpatías del pueblo por su personalidad, llena de ras­gos humanos, en el mito de la pasión osiriana. La atracción que sus ritos ejercieron fue inconmensurable, ya que daban pie a efusiones de misticismo personal. Isis era la única divinidad capaz de consolar a los hombres con la promesa de que lograrían la perfección del dios Osiris y, sobre todo, la inmortalidad: bajo tal aspecto la encon­tramos en el libro XI de las Metamorfosis de Apuleyo de Madaura (siglo II).

La con­cepción de la diosa, parcialmente modelada en esquemas griegos, está documentada en el tratado De Isis y Osiris, de Plutarco (48- 120). Las peregrinaciones de Isis en busca de Osiris recuerdan las de Deméter en busca de Perséfone, y el episodio del pala­cio de Biblos, en el que la diosa se en­cuentra en la fuente con las esclavas de la reina y es admitida como nodriza del hijo de ésta, cuyo cuerpo, a fin de hacerlo inmortal, entrega de noche a las llamas, es una deliberada imitación del de Deméter en Eleusis, según se narra en uno de los lla­mados Himnos homéricos (v.). Isis fue re­presentada bajo el aspecto de una joven que llevaba en la cabeza el signo jeroglífico de su nombre, o un tocado especial en el que figuran el buitre con las alas abiertas y caídas a ambos lados del rostro, y el modio (o kálathos), del que salen dos es­pigas de trigo y dos altas astas de vaca entre las cuales está encerrado el disco so­lar.

Más tarde, las astas de vaca acabaron por tomar el aspecto de una media luna. En el pecho, la diosa lleva el llamado «nudo isíaco» y en la mano diversos atributos: sistro, sítula, antorcha, cornucopia y timón. En los bajos tiempos se difundió mucho la imagen de la diosa amamantando a Horus: Juliano el Apóstata (332-363) hizo repro­ducir esta imagen en el reverso de sus monedas.

E. Scamuzzi