[Yišmā‘e’l]. Personaje bíblico de la época de los Patriarcas cuya rápida historia enriquece con humanos toques el relato rígidamente sobrenatural del Génesis (v.). Hijo de Abraham (v.) y de Agar (v.), la esclava egipcia de Sara (v.), hasta entonces infecunda, Ismael hubiera debido ser, según el derecho atávico, el continuador de la estirpe y el heredero de los bienes de su padre.
Por ello el corazón del anciano le cobró tanto apego, viendo en él la única esperanza de las promesas divinas, y esa ternura senil se mantuvo aun después de haber surgido, cuando ya no se esperaba, el heredero auténtico. Pero a la vez, se matizó de secreta pena y de preocupación paternal por la suerte de aquel hijo de esclava, que al fin y al cabo era también «suyo». A pesar de todo, Abraham obedeció la orden divina, conforme al celoso deseo de Sara: Ismael y su madre, sin más viático que pan y un odre de agua, fueron despedidos.
En el desierto, sobrevino la desesperación, que la Biblia pinta en dos estupendas pinceladas de crudo dolor, en las que sólo se ve el atroz dolor de una mujer, a quien no queda más que un hijo moribundo. Pero de nuevo el destino señalado por el nombre del muchacho — Ismael, esto es, «dios escucha» — se manifiesta, y un ángel consuela a la madre, arrancándola a su inerte fatalismo. El muchacho vivirá y Dios estará con él y le convertirá en fundador de un pueblo numeroso (cap. XXI). Pero será «un hombre salvaje: él contra todos y todos contra él: frente a sus hermanos plantará sus tiendas».
Extraño destino, en el que laten el nostálgico recuerdo de una casa perdida y la envidia por quienes habitan en ella, pero también el odio por el mal que allí se hace y el indómito orgullo de una libertad y una independencia que no pueden trocarse por nada. El inquieto ardor de enteras generaciones de nómadas, descendientes del hijo de Agar, queda admirablemente caracterizado en estas páginas. Pero la figura de Ismael tiene también otros aspectos, pues la misericordiosa complacencia de Yahvé en este hijo del desierto y la lejana mirada de Abraham hacen de él un signo concreto de la participación universal, aunque en grado diverso, al misterio de la redención.
E. Bartoletti

