Heroína de la novela Retrato de una dama (v.) del escritor americano Henry James (1843-1916). La inocencia, la pureza, la generosidad, la ignorancia de la «forma», el desdén de la vida humana y la «absoluta libertad metafísica» que distinguen el universo moral de la mujer norteamericana «nueva» de James, Daisy Miller (v.), constituyen los puntos de partida para la creación de los grandes personajes simbólicos de su obra posterior.
Contra el predominante flujo de emigración hacia América, estos personajes emigran de América hacia el Este: es decir, no a Europa, sino más bien, en Europa, al primitivo universo moral americano cuya desaparición de la propia escena americana había sido ya puesta en evidencia por Hawthorne (v. Ester Prynne). Estos desterrados, al pasar a «ser» lo que habían sido «en potencia», se convierten, como el propio James, no en europeos, sino en más intensamente americanos: americanos en una forma que, al convertir en absoluta su inmersión en su propia identidad moral, convierte en no menos absoluto su destierro a la vez de la Europa tradicional y de la América moderna. Isabel Archer, el primero de los personajes de James que representa hasta el fondo, siquiera sea sencillamente, el característico drama jamesiano, en su emigración desde Albany, N. Y., a Florencia, atraviesa la distancia moral que separa a Daisy Miller de Ester Prynne.
Isabel es una graciosa joven, alta y delgada, de ojos grises y cabellos negros: inteligente y de elevado espíritu, «posee una mirada penetrante, movimientos rápidos y es ante todo una mujer vital». Por su «natural fuerza de voluntad», su confianza en sí misma, su orgullo, su inocencia, su integridad moral, la confusión de su mente «vagabunda», su desmedida curiosidad, su desconocimiento de la sustancia íntima de la experiencia humana y su alejamiento con respecto a ésta, Isabel se parece al primer joven representativo americano de Hawthorne, Holgrave (v.), e incluso la descripción que de ella nos da James hace pensar, por el ritmo de su prosa, que tuvo presente el texto de Hawthorne. La muerte de su padre hace de ella, en un sentido literal que el desarrollo del drama convertirá en simbólico, una huérfana. Para sus desdeñosas hermanas burguesas, Isabel parece «escrita en una lengua extranjera».
Pero no es ninguna «candidata a la adopción»: para ella, el estado de orfandad es un estado de independencia que facilita la «libre exploración de la vida». Isabel desea emplear esta libertad de la mejor manera posible; incluso espera hallarse alguna vez en situación difícil, para poder ser magnánima y heroica según la ocasión lo requiera. Una tía rica expatriada la lleva consigo a Inglaterra, donde, como Daisy Miller, la apasiona el «curioso» espectáculo de las vidas humanas sometidas a la «esclavitud» de las pasiones, de las convicciones y de las evolucionadas formas íntimas de la vida personal, social o nacional. Isabel rehúsa dos interesantes ofertas de matrimonio: una de un lord inglés, porque, con su riqueza, su poder y sus instituciones fijas, la arrastraría a «un sistema y a una órbita» que no serían los de su propio espíritu; y la otra de un joven industrial americano, ambicioso pero agradable, que la llevaría a una órbita distinta pero no menos hostil al espíritu: la de la hipertrófica Voluntad Puritana (v. Oliver Alden).
Isabel debe hacer algo más importante que casarse y lograr «la paz… la bondad…, el honor…, la riqueza, una profunda seguridad…». Para ella no caben otra seguridad ni otra paz que las que procedan de una forma creada en el espíritu, por el espíritu y para el espíritu, por medio de una acción libremente realizada. Un rico primo suyo, hechizado por su «bello y decidido carácter», maniobra de modo que Isabel entre en posesión de una fortuna que le permita «abrir las alas y elevarse por encima de la tierra». Y así lo hace, pero a su «afán de ilimitada expansión» sucede la necesidad de poner freno a su ilimitada libertad metafísica dentro del marco de una determinada forma de la vida humana.
Se casa o es atraída al matrimonio, con un «dilettante» americano, expatriado en Florencia, a quien acepta porque, aparte de su hechizo y de su impecable gusto, no posee nada; nada, por lo tanto, puede menoscabar la «nobleza y pureza» del acto libremente cumplido con que se propone «abrirle el camino», como su primo hizo con ella. Pero lo acepta, también, porque su libertad y su fortuna han llegado a ser para ella un peso moral, y a través del matrimonio quisiera aligerar su conciencia. En virtud de una paradoja que constituye la base esencial de la visión de James, el acto, que es noble por una parte como gesto y aparentemente admirable como tentativa de sumergirse en la vida humana, por otra parte es «falso» en cuanto representa un intento de sustraerse a la realidad de su propia situación. Y, según la historia natural del alma, un acto falso sólo puede engendrar consecuencias falsas.
El marido de Isabel, cuyo carácter ella no ha llegado a ver, cegada por sus múltiples motivos privados, se revela un frío e irreductible egoísta, cuyas protestas de afecto sólo están respaldadas por el odio; la muchacha Isabel, al convertirse en mujer, llena de gracia y de majestad, descubre que lo que se había presentado como una sucesión infinita de posibilidades se ha convertido en un «oscuro y estrecho callejón, cuyo final está cerrado por un muro». Y a medida que se le va revelando el abismo de la maldad de su marido, va viendo con incrédulo terror cómo a su alrededor se cierra «la casa de la oscuridad, la casa del silencio, la casa de la sofocación». Pero la conciencia de que ha sido ella, por un acto de su libre voluntad, quien ha creado esta casa, la conciencia de que su vida es ahora realmente «suya» y de que ella está «dentro», es más profunda que su deseo, fácil de satisfacer, de huir y marcharse «a otra parte»: «No debería huir jamás; debería durar hasta el final».
Su personalidad se consuma en el descubrimiento de que «tendría que luchar con la vida durante largo tiempo en el futuro» y que recuperar su libertad y sus posibilidades de alejarse equivaldría a perder la vida. Su primer pretendiente americano viene a «salvarla», a la manera del gran Superman, del «más mortal de los enemigos» : la sola mención del humanitario propósito, duro y ciego aunque bien intencionado, con que aquél, al salvarla de las consecuencias de su acto, la despojaría de su identidad moral y de la sustancia de su vida, es suficiente para demostrarle lo que debe hacer. Y cerrando la puerta de su casa oscura, cumple el gesto de total aceptación del que ya Ester Prynne había dado la definición clásica: hace frente, no ya con incredulidad o terror, sino con la fuerza de la comprensión moral, a la realidad creada de su vida; rechaza definitivamente la libertad, a la vez más y menos que humana, de Daisy Miller; reconoce la despiadada historia natural del alma de la cual aquella libertad es la negación; y se enlaza con la «continuidad de la fortuna humana». El personaje de Isabel Archer ha sido ulteriormente desarrollado en Milly Theale (v.), Maggie Verver (v.) y Strether.
S. Geist

