Iridión

[Irydion]. Personaje que da tí­tulo a un drama (v.) de Zygmunt Krasiński (1812-1859). Figura novelesca y simbólica, personifica la rebelión del espíritu ante la fuerza, del pensamiento libre frente al des­potismo.

Nacido en Grecia, une a la belleza y al vigor de un semidiós un corazón de héroe que no conoce debilidades ni vilezas y que no se arredra ante ninguna prueba. Odia a Roma, que ha subyugado a su pa­tria y ha sido para ella la causa de atroces dolores, pero se dirige allí para mejor ven­garse. En Roma halla el caos: reina la co­rrupción, los bárbaros están ante las puer­tas y los cristianos, con su doctrina de amor, desmoronan la fuerza del paganismo. Iridión tiene el firme propósito de destruir la ciudad y su dominio sobre el mundo: para ello abandona su hermana Elsinoe a Heliogábalo, con objeto de debilitar así los ánimos de éste y él llega a ser prefecto del pretorio y desde su alto cargo logra atraer a una conjuración a dos viejos pa­tricios, busca el apoyo de los cristianos en las catacumbas y traba amistad con el an­ciano númida Massinissa, en quien se en­carna el Príncipe de las Tinieblas.

Ardien­te y valeroso, Iridión lleva hasta el último extremo sus despiadadas ideas: insensible a toda voz que no sea la de su alma, re­chaza incluso el amor de una pura doncella cristiana. Sin embargo, su plan fracasa. Heliogábalo es asesinado, y Elsinoe con él, pero el Imperio se consolida con Alejandro Severo; los cristianos no se rebelan e Iri­dión, abandonado por todos, debe buscar la fuga én el mar. A la orilla encuentra a Massinissa que le pide su alma, e Iridión se la concede a cambio de poder ver por un día arruinada aquella Roma que tanto ha odiado. Pasan las tempestades por en­cima de la ciudad eterna: Iridión, adorme­cido por Massinissa en una cueva, des­pierta al cabo de siete siglos, y ve los monumentos romanos en ruinas y la ciudad empobrecida; pero la Cruz, plantada en me­dio del Coliseo, le revela que la fuerza antigua no ha sido vencida por el odio, sino por el amor.

Cuando Massinissa com­parece a reclamar su alma, un ángel viene a salvarle, ya que no en vano amó la pura belleza griega: Iridión renacerá en el Nor­te y revivirá en la Polonia oprimida. Con este inesperado final queda completada la figura de este personaje, y las fuerzas que le han agitado aparecen en su verdadera luz. En el griego enemigo de Roma nace en germen el polaco que sufre bajo el do­minio zarista las mismas humillaciones y los mismos dolores que los vencidos de otro tiempo. Iridión viene a traer el men­saje de su fe y de la experiencia del pa­sado: la venganza meditada en la rebelión y en la guerra es inútil; sólo la fe podrá dar aliento a quien sufre y mantener vivo un destello de esperanza para la nueva aurora de la patria. Iridión se identifica con el propio Krasiński, y su poema dramático aparece como una creación poderosa y sal­vadora.

M. B. Begey