Huckleberry Finn

Personaje norte­americano creado por Mark Twain (Samuel Langhorne Clemens, 1835-1910). Es el héroe y narrador de las Aventuras de Huckleberry Finn (v.), monumento de la narrativa poé­tica norteamericana del siglo XIX, al cual sólo pueden compararse en importancia la Letra Escarlata (v.) y el Moby-Dick (v.).

También figura como uno de los protagonis­tas de las Aventuras de Tom Sawyer (v.) y como narrador de sus dos continuaciones de menor valor, Tom Sawyer policía [Tom Sawyer detective] y Tom Sawyer en el extranjero [Tom Sawyer Abroad]. En su primera aparición, Huck es un guía indí­gena, compañero y factótum de Tom Sawyer (v.) durante las fabulosas excursiones de éste en las bárbaras regiones inexploradas del espíritu, que rodean un respetable y soñoliento pueblo de orillas del Mississippi. Es el desaliñado hijo vagabundo de un bo­rracho del pueblo; cuando no pasa las no­ches en el bosque, duerme, como Diógenes — pero como un Diógenes sin odio — en un tonel.

La dureza de su vida de muchacho al margen de la sociedad no hace más que conferir aún mayor inviolabilidad a la pu­reza de los escuetos elementos de su figu­ra; y estos elementos están sacados de las profundidades de la imaginación america­na, donde los más diversos caracteres del país se funden en un común origen visio­nario. Huck es una especie de gnomo nor­teamericano: un fauno salvaje, como el Donatello (v.) de Hawthorne; un «noble salvaje» como el Chingachgook (v.) de Fenimore Cooper; es, como Natty Bumppo (v.), un solitario, un virgen habitante de la frontera seguro de sí mismo, descon­fiado ante la sociedad y fugitivo ante la marcha de ésta hacia occidente; como Billy Kid (v.), es un hombre que está fuera de la ley y en desavenencia con ésta; como Popeye (v.), es un anarquista a la america­na, que no puede tolerar las convenciones de la sociedad en que vive; como el Mac de U.S.A. (v.), de Dos Passos, es un vagabundo de aquel vasto y terrible continente.

Ajeno a las creencias y costumbres de la civiliza­ción, Huck sólo tiene intimidad con las fuerzas de la naturaleza orgánica y con las infrahumanas presencias que en ella residen: los movimientos de los árboles, de las nubes y del agua; las voces de los pá­jaros y de los animales; los demonios que deben ser burlados o aplacados y los espí­ritus benignos que solicitan su amor. Ante el espectáculo de la vida de los hombres- civilizados, se manifiesta escéptico; describe esa vida como si entre ella y él mediara un muro de cristal. Con el despreocupado rigor propio del hombre incorruptible, pin­ta la arrogancia y la hipocresía, la cruel­dad y la presunción, la malicia, la astucia y la insensata violencia, la ceguera ante las evidentes verdades morales del hombre «na­tural» — valor, lealtad, bondad, respeto a las necesidades del cuerpo y del alma y aceptación de la «ley natural» del universo orgánico — y la voluntaria esclavitud a las extravagancias manifiestamente falsas de los principios doctrinales.

Sus relaciones con la sociedad sólo pueden ser torpes; en lugar del tacto con que las criaturas de una mis­ma especie se comunican entre sí, Huck debe recurrir a la táctica de un extranjero en un mundo casi desconocido. Su amistad con Tom Sawyer se funda en un equívoco: en rigor, sólo en apariencia coinciden en un terreno común — el reino de la imagi­nación —, donde el frío y frenético artificio ritual que representa la cumbre de la civi­lización, y la poesía primitiva, que consti­tuye su principio, se enfrentan con una sa­cudida de desilusionado reconocimiento. Huck trueca el conocimiento que Tom posee del «estilo» formal por la autoridad de un gran hechicero sobre el mundo de lo infrahumano : pero se entera, más que con odio, con forzada compasión, de que Tom no es en realidad más que un vulgar char­latán, un mero aficionado y un turista en el universo poético de Huck, indiferente en el mejor de los casos a su riqueza fantás­tica, y dispuesto a destruirlo, en el peor de ellos, para convertirlo en un desnu­do y desolado campo de juego para niños que como él se hallan aburridos y obli­gados a guardar una corrección convencio­nal, mientras fríamente desdeñan la ima­ginación.

Pero la amistad de Huck con el esclavo negro fugitivo Jim, es auténtica. Los dos desterrados, el vagabundo blanco y el brujo negro, al principio sólo tienen en común su fuga ante un mismo enemigo que es la civilización. Pero esa fuga se convierte en amistad cuando su balsa per­dida entre las inmensas aguas del Missis­sippi, por el que sigue bajando arrebatada por la fuerza primordial de su corriente, les une en una común intimidad con la Na­turaleza misma, en una común obediencia a su fuerza y en un común repudio de las convencionales y grotescas mentiras con que en América el hombre civilizado niega a la vez la naturaleza y el espíritu; cuando les liga el reconocimiento de cada uno de ellos en la «esencial» humanidad del otro.

En la literatura americana, pocas relacio­nes humanas se aproximan a la tranquila y estupefaciente belleza del amor que acaba por ligar a esos dos fugitivos, el negro y el blanco, en su común visión de la ideal excelencia humana y en su común acepta­ción de una extrema condición de la huma­nidad. Y pocos libros americanos se aproxi­man en su simbólica resonancia al relato deliberadamente ingenuo que representa a la vez este amor y el mundo sin amor por él rechazado. Entre las «aventuras» de Tom Sawyer y las «aventuras» de Huckleberry Finn no hay más que una irónica semejanza verbal. Las primeras son «ejercicios esti­lísticos» inventados por Tom para distraer su tedio: juegos de los que a cada momento puede libremente retirarse intacto.

Las se­gundas, en cambio, son situaciones que se originan en la naturaleza de la vida huma­na y de las que no es posible otra retirada que aquella que pueda lograrse repudiando la propia vida, ni otra salvación que la que lleve consigo la inmersión en el elemento destructivo. Y del mismo modo que Tom es el clásico ejecutor de la irresistible ne­gativa a la vida humana conocida en Amé­rica con el nombre de «strip tease» (v, Ze­nobia), Huck es uno de los pocos prota­gonistas americanos de un drama espiritual muy distinto : el drama de la inmersión y de la aceptación. Este drama es en América tan raro que las grandes figuras literarias que lo han representado corren el riesgo de ser liquidadas como meros bufones po­bres de espíritu, como Huck, o como cria­turas del romanticismo puritano ya momi­ficadas, como el capitán Acab (v.), o como ornamentos arcaicos del humilde pasado de la nación, como Ester Prynne (v.).

S. Geist