Hipólito

[Hippolytus]. Co­mo figura, no posee verdadera vida autó­noma, ya que está demasiado vinculado a una aventura concreta, y depende dema­siado del personaje, mucho mayor, de Fedra (v.).

Hijo de unas primeras nupcias de Teseo (v.), el audaz héroe, mítico rey de Atenas, que había sido amigo y compa­ñero de Hércules (v.) y el matador del Minotauro, Hipólito vive en la corte de su pa­dre con la segunda esposa de éste, Fedra, la cual lógicamente debería odiarle, o por lo menos mirarle con recelo, ya que el joven príncipe podría muy bien, a la muer­te de Teseo, excluir de la sucesión de éste a los hijos de su segundo matrimonio. Por el contrario, Fedra concibe un invencible amor incestuoso por el hijo de su marido; después de haber en vano intentado co­rromperle, despechada por su negativa le acusa ante Teseo de haberla ultrajado. Te­seo expulsa a su hijo y le maldice, con­fiando su venzanga al dios Poseidón.

Fedra, desgarrada por el remordimiento y la ver­güenza, se ahorca, mientras Hipólito perece en su fuga, al desbocarse los caballos de su carro en su carrera a lo largo del mar, cuyo dios Poseidón, atendiendo a los ruegos de Teseo, se encarga de asustarlos. En este relato duro y lineal, fijado para nosotros por el Hipólito (v.) de Eurípides, del cual la Fedra (v.) de Séneca no es más que una pálida refundición, Hipólito tiene muy po­cas ocasiones de manifestar un carácter original. Es meramente un muchacho puro y algo arisco, cuya personalidad aparece casi sofocada por la conciencia de ser hijo de un padre tan ilustre.

Ante la horrible revelación de la pasión de Fedra, Hipólito se hace atrás, con un horror que ni siquiera encuentra palabras para expresarse, y si más tarde se niega a defenderse ante su padre, ello no sólo se debe a un sentimiento de delicado pudor, sino al desconcierto de un pobre adolescente envuelto en una tra­gedia más grande que él. Pero en realidad la virtud de Hipólito, que ha sido com­parada con la del José (v.) bíblico, es una posición teatral más que un verdadero caso de conciencia vivo y auténtico: Hipólito siente por la culpa un horror puramente negativo, que le lleva a huir de ella, pero no a vencerla. Arrastrado a un sombrío drama que amenaza con causar la muerte de dos personas, procura salvarse abando­nando a la mujer a su desesperación.

En una época en que se hacía frente a la culpa con heroica generosidad, la fría cas­tidad de Hipólito resulta en el fondo poco generosa. Un mito recogido por Ovidio en sus Metamorfosis (v.) le supone resucitado por Esculapio y transformado en anciano por Diana; singular concepción, que casi equivale a delatar una frigidez senil en el alma que anima aquel apuesto cuerpo de efebo de virilidad tan escasa. Hipólito no puede convertirse en personaje representa­tivo mientras no se sepa ver en él y en su historia aquel secreto parentesco que rela­cione las formas de un demasiado rígido idealismo, alejado de la vida, con la falta de valor frente a ésta. Y para sentir una poesía en su aventura, hay que reducirla a más modestos confines, considerándola, más que como un drama moral, como una tragedia de adolescencia.

Entonces su gesto adquiere aquella angulosidad característica de los cuerpos y de las mentes todavía no maduros, en su ilusión de haber llegado, gracias a una tímida negativa, a cumplir con las exigencias de la virtud, sin darse cuenta de que sólo podría hallar cauce ver­dadero en una prudencia robustecida por la experiencia de la vida, o al menos por una intuición de ésta. Entre los modernos que volvieron a tratar este mismo asunto, D’Annunzio, en su Fedra (v.), logra darle mayor turbulencia pero no mayor heroici­dad; y lo mismo puede decirse de Unamu­no, que quiso también medir sus fuerzas con este tema (v.). El único que logró crear de nuevo su figura fue el clásico fran­cés Racine, en su Fedra (v.).

En esta obra el horror de Hipólito tiene una justificación psicológica, por cuanto Racine retrata en él la virgen nobleza de una arisca juventud semejante a la del Julo de las «Estancias por una justa» (v. Estancias de Poliziano): un adolescente por completo entregado al orgullo de las fuerzas físicas que en él se afirman y apasionado por los juegos y la caza» sin poder ni siquiera sufrir el amor. Pero éste le coge por sorpresa cuando co­noce a la joven princesa ateniense Aricia, a la que Teseo tiene casi prisionera, y este idilio viene en cierto modo a servir de contrapunto a la tremenda pasión de Fedra. Así Hipólito, al prorrumpir en su inhábil declaración de una pasión para él demasiado nueva y al hallar, en corres­pondencia a ésta, la ternura de una cria­tura joven como él, y como él pura y ate­morizada ante los males del mundo, pre­senta su castidad bajo un conmovedor as­pecto de inexperta pureza.

Precisamente ésta es la cualidad que ha subyugado a la desdichada Fedra, que se complace en ha­llar de nuevo en Hipólito la belleza y la audacia de su padre, pero libres de aquella simpatía demasiado fácil y de aquel aban­dono a las ocasiones demasiado humanas que tantas veces han hecho a Teseo infiel y, en todo momento, le han inspirado un loco afán de aventuras. Así la virtud de Hipó­lito, precisamente en su misma rigidez, re­sulta noble y limpia aunque tal vez «un poco arisca», y éste es el sutil expediente psicológico gracias al cual Racine ha lo­grado hacerla más aceptable y más humana.

M. Bonfantini