Hipias

Platón nos lo presenta en el Protágoras (v.), donde naturalmente sólo puede ocupar un puesto secundario, aunque siempre con gran pompa y lustre.

Pontifica en una sala lateral, rodeado de personas que le hacen preguntas y de ad­miradores boquiabiertos ante su maravillosa omnisciencia. En dos ulteriores diálogos, Platón no se perdió la ocasión de divertirse poniéndole directamente en escena: nos re­ferimos a los diálogos llamados Hipias Ma­yor (v.) y Menor (v.) de acuerdo con su respectiva extensión, aunque el personaje sea el mismo, esto es, por lo menos en su propia imaginación, continúe siendo el ma­yor de todos. Pueden compararse a ver­daderas óperas bufas.

En el Protágoras y en el Gorgias (v.), Platón había frenado su estro cómico, ya que, aunque aquellos per­sonajes fueran sofistas, no dejaban de ser filósofos, a cuyas especulaciones Platón re­conocía todo su valor, considerándolas con respetuosa atención. Frente a Hipias, en cambio, deja rienda libre a sus sarcasmos. La verdad es que Hipias difería de los de­más sofistas, en cuanto no hacía recaer el acento sobre su habilidad en seducir con razonamientos capciosos ni sobre la nece­sidad de alcanzar un poder político.

Hipias pretendía brillar por su omnisciencia cien­tífica. Y mientras sus colegas se especia­lizaban en la política, la retórica o la filo­logía, como Pródico, Hipias era a la vez astrónomo y filólogo, historiador y mitó­logo y quién sabe cuántas cosas más aún: nada escapa a su dominio, que abraza el universo entero. Pero esta omnisciencia, por sí misma ya todopoderosa, no le basta aún: en las fiestas de Olimpia se alaba de haber hecho con sus propias manos todo cuanto lleva encima: es por consiguiente zapatero y sastre, y puede, como Diógenes, vivir en completa autonomía. Así, al saber teó­rico junta el saber práctico.

Sócrates tiene ocasión de discutir dos veces con semejante maravilla, y en ambos casos puede apenas contener la risa: el hombre que pretende no saber nada se halla frente a frente con quien lo sabe todo: no cabe imaginar antí­tesis más cómica. Hipias está pagado de sí mismo y henchido como un globo inmenso, y Sócrates al principio se divierte hinchán­dole aún más, para que como la rana de la fábula llegue a ser tan grande como un buey. Luego, de súbito, le punza con un sencillo alfiler, y el globo se deshincha. El lado cómico de Hipias nace, como por lo demás en todos los sofistas, de su ciega va­nidad, que les hace casi ingenuos. ¿Cómo era posible que hombres tan bien dotados, aparte los artificios de que se valían, de auténtico y verdadero saber, pudieran lle­gar a semejantes extremos de puerilidad? Hipias es tan crédulo que jamás se da cuen­ta de la ironía de Sócrates.

A medida que va adelantando, va enredándose, y cuando se halla de pronto ante una pregunta a la que no sabe contestar, y Sócrates insinúa que la respuesta acertada no podrá tardar en ocurrírsele, Hipias no vacila ni un momento: «Pensaré en ello durante mi camino y sin duda hallaré la solución». Mientras Sócrates, en cambio, termina el diálogo gimiendo, aunque en el fondo esté riéndose de él: «Yo, en cambio, desdichado de mí, no puedo escapar al triste destino de equi­vocarme siempre».

F. Lion