[Hypsipyle]. Hija de Toas y reina de la isla de Lemnos -en el Egeo septentrional. Delicada figura femenina que Estacio (45?-100) estudió atentamente en lo más íntimo de su humanidad, variada en sus actitudes pero unitaria a pesar de todo, dedicándole un canto entero de la Tebaida (v.), el V, y parte del VI.
No es fácil determinar las razones de semejante afición de Estacio por este personaje: puede muy bien no tratarse de otra cosa que del deseo de crear una digresión. En efecto, en aquel canto hallamos recogida en su forma más completa la leyenda, o mejor dicho, la serie de las distintas leyendas relativas a la reina Hipsípila. Sin duda desde una época remotísima Hipsípila había entrado a formar parte de los mitos literarios y, más tarde, su fabulosa historia se difundió por todo el mundo cultural grecorromano. Ya en Homero (litada, 469) hallamos una alusión a su nombre: un rápido retrato que nos la presenta como esposa de un tal Jasón y madre de Euneo. Píndaro (Olímpica IV, 35-36) nos hace trabar conocimiento con ella en su dramática figura de férrea reina de Lemnos, país sometido a un régimen amazónico.
La primera documentación parece, pues, referirse a una leyenda argonáutica: los argonautas, y al frente de ellos Jasón, habrían sido los primeros en dar con ese desdichado reino femenino; pero todavía no se menciona la matanza de los varones. Con los grandes trágicos del siglo V, la construcción mítica va ampliándose. Esquilo escribió, según sabemos por un escolio al verso 610 de las Argonduticas de Apolonio de Rodas, una Hipsípila, y Sófocles escribió un drama, Las Lemníadas, mencionado por el mismo comentarista. No nos es posible juzgar las innovaciones introducidas, pero no cabe duda de que el trágico fin de los hombres de Lemnos a manos de las mujeres debía darse por supuesto, si no se revivía dramáticamente.
En cambio, hace unos cuarenta años, los papiros nos restituyeron fragmentariamente una Hipsípila, de Eurípides: tragedia que termina bien, como con frecuencia sucede en el teatro de este autor, pero en la que, según la técnica de Eurípides, el alma doliente de aquella desventurada mujer es psicológicamente examinada a fondo. En esta obra reaparece, en sus tres momentos cruciales, toda la historia legendaria de Hipsípila, tal como la hallaremos más tarde en Estacio. Apolonio de Rodas (w. 610 y sigs.) y su traductor latino, Valerio Flaco (II, 218 y sigs.), se atienen a la versión argonáutica del mito, cosa tanto más explicable cuanto que los argonautas constituyen el centro de su interés.
Pero precisamente por lo mismo, este episodio no es de los más bellos de Apolonio de Rodas. Probablemente es Estacio el primero que convierte Hipsípila en una figura de primer plano, totalmente lograda desde el punto de vista artístico. Hija de un rey y condenada por un hado inicuo a cosas inicuas, tiene que asistir a la matanza de todos los varones de la isla, de su reino de Lemnos, sin poder hacer nada contra el furor que Venus ha desencadenado en las demás mujeres, que habían descuidado su culto. Apenas logra salvar por medio de una estratagema a su padre, cuya vida tiene después que confiar a las olas; así llega a sus manos la realeza. Se ha terminado la primera dolorosa etapa de su vida: su padre se halla lejos, perdido para ella. En tal estadio, que podríamos llamar la prehistoria, sobre la cual habrá de entroncarse luego la leyenda argonáutica, la recogen los trágicos. Llega a Lemnos la nave de Argos, y en ella un nuevo fuego de amor a los pechos exasperados de aquellas mujeres solitarias. Jasón, el primero de los argonautas, tendrá de Hipsípila dos hijos: Euneo, mencionado ya en la Ilíada (v.), y Toas, que lleva el nombre del abuelo a quien jamás conoció. Pero la suerte feliz que había concedido un poco de serenidad a la isla, restituyendo la dulzura femenina a las crueles almas de sus habitantes, debe cesar.
El Vellocino de Oro espera la expedición de Jasón. Y éste parte, y una vez más, el dolor se apodera del corazón de Hipsípila. La marcha es, al fin y al cabo, el sino de un marinero: también el amor que Jasón concebirá por Medea (v.) terminará bruscamente ante la necesidad de su partida. El tercer momento de la leyenda — cuya relación con la figura de Hipsípila no es fácil de explicar cómo llegó a establecerse — es un relato etiológico, que tiene por objeto explicar la fundación de los juegos de Nemea. Hipsípila está en Nemea, pues ha sido expulsada de Lemnos al descubrirse la fuga y la salvación de su padre Toas; está allí como nodriza de Ofeltes, hijo de Licurgo, rey de Argos, del cual es esclava. De este modo la leyenda de Hipsípila se enlaza con la de los Siete contra Tebas (v. Siete contra Tebas). Imitando la técnica de Eurípides, también Estacio escenifica esta última situación dramática y pone en boca de la propia Hipsípila el relato de todo su triste pasado.
La voz de la reina Hipsípila está llena de un encantado dolor, que nos hace pensar espontáneamente en aquellas escenas del «Infierno» y del «Purgatorio» (v. Divina Comedia) en que el narrador está acongojado por su propio relato, y nos hacen sospechar en una lejana pero fácilmente perceptible alusión del poeta florentino al antiguo y no poco admirado maestro clásico. Tras la pobre esclava nodriza de Ofeltes, sentimos que sigue viviendo la mujer, hija de rey y reina a su vez por la nobleza de su estirpe, ya que por adversa que le sea la fortuna, no ha logrado apagar el fuego de su natural altivez. Pero su corazón no llora por la grandeza perdida, sino por la infame matanza a que tuvo que asistir en su juventud, y por la ficción que ha debido representar y soportar. En su pensamiento se amontonan angustiosos recuerdos, como el cuadro viviente que resurge en su memoria cuando refiere la salvación y la partida de su padre. Lo que más la acongoja es la rebelión al mal, que siente latir dentro de sí, y la acongoja precisamente porque no puede manifestarla y debe seguir representando su torpe papel.
También su amor abnegado, traicionado por el malvado seductor a quien en el fondo ella sigue queriendo sin lograr vituperarle, resucita poderoso como puede serlo en un corazón de madre el recuerdo de los hijos lejanos; y esta voz materna vuelve a dejarse oír en su lamentación ante el cadáver del pequeño Ofeltes (tercera aventura dolorosa de su vida). Lo que la abate, en el poema de Estacio, no es, como en Eurípides, el miedo al castigo, sino la sensación de lo doloroso que puede ser para una madre haber perdido a un hijo. Entonces acuden a su memoria los rostros de sus propios hijos, ahora ya crecidos, que ella sólo pudo ver en la cima y tuvo que dejar al fiel cuidado de una amiga, que se encargó de criarlos. Ella, la nodriza de un hijo que no es suyo, es madre de unos hijos a quienes otra nodriza ha debido criar.
Por ello no ignora lo que es el dolor de una madre, y si no cumple con su deber, si por un instante abandona al pequeño confiado a sus manos, ello sólo se debe a un espontáneo movimiento de bondad que la impulsa a prestar auxilio a los valerosos guerreros que sufren la tortura de la sed, aquellos guerreros en quienes tal vez le parezca volver a ver a otros héroes más antiguos que un día llegaron a Lemnos y se marcharon dejando en su corazón un vacío y un dolor. La suya es una vida de dolores y de viajes que se suman unos a otros sin darle tregua más que para dejarle conocer y probar cómo hubiera podido ser la existencia en que soñara. Eurípides, al introducir al final de su drama un motivo de alegría con la restitución de Euneo y Toas a su madre, únicamente logra hacernos ver lo difícil que ha de ser aliviar los lutos pasados con los goces presentes. En Dante, volvemos a encontrar, en brevísimas palabras, una viva impresión de su trágica soledad: [Giasone] «Isifile ingannó, la giovinetta / che prima l’altre avea tutte ingannate. / Lasciolla quivi gravida e soletta» [«(Jasón) engañó a Hipsípila, la joven que antes las había engañado a todas, y grávida la dejó y sola…»)] (Inf. XVIII, 92-94).
M. Manfredi

