Herodias

Personaje episó­dico del Evangelio (cfr. Mateo, XIV, 3, 6; Marcos, VI, 17, 19, 22; Lucas, III, 1, 9) a quien Flaubert dedicó uno de sus Tres cuentos (v.), convirtiéndole en una gran figura literaria.

Su rostro de mujer marcado por las más bajas pasiones aparece en la tragedia que pone fin a la misión de Juan Bautista (v.). « ¡No te es lícito tomar a la esposa de tu hermano!», había echado en cara el Profeta al reyezuelo Herodes Anti­pas (v.). Adúltera, incestuosa, y, como tal, expuesta ya al público desprecio, ¿cómo podía Herodías olvidar su odio y su rencor y renunciar  al deseo de cerrar para siem­pre los labios que la habían insultado? Per­tenecía a aquella dinastía asmonea que se había visto siempre consumida por el fuego devorador de las pasiones y era nieta de Herodes el Grande, el hombre de todas las violencias y todos los lujos, y dé la alti­va Mariamne, a quien el rey había dado muerte a pesar de la adoración que por ella sentía.

Desde que recibiera el ultraje en pleno rostro, Herodías había decretado en su corazón la muerte del Bautista. ¿Con qué derecho se atrevía aquel mendigo cu­bierto de pieles a reprocharle su conducta y el abandono de su malvado esposo? No le bastaba haber obtenido la reclusión del Pro­feta en la prisión de Maqueronte, en la soledad del Mar Muerto. Desde las pro­fundidades de su cautiverio su voz se ele­vaba aún, y no había muros suficiente­mente gruesos para ahogarla. No obstante, Herodes Antipas, a pesar de su mezquin­dad, conservaba aún en su corazón un misterioso respeto y una especie de temor re­verente por aquel hombre de Dios.

Para arrancarle el veredicto de muerte, Herodías aprovechó un momento de embriaguez, al final de uno de aquellos banquetes en los que fácilmente se embota la razón. Cuando Salomé (v.), hija de Herodías, hubo dan­zado, y el tirano, perdido el juicio a causa de su extraña fascinación, le hizo la fatal promesa: «Pídeme cuanto quieras, que te lo daré…», una palabra susurrada al oído de la muchacha: « ¡Pídele la cabeza del Profeta! ¡La cabeza del Bautista!», bastó para dar cumplimiento al horrible crimen. Y en la cárcel donde aún hacía resonar la palabra de Dios, Juan, la voz que clamaba en el desierto, enmudeció bajo el hierro del verdugo.

H. Daniel-Rops