Dos son los personajes del Evangelio conocidos con este nombre: Herodes I el Grande y Herodes Antipas. El primero, rey de Judá (73-4 a. de C. aproximadamente), reinaba en Palestina en la época del nacimiento de Jesús.
Alarmado porque los Magos (v.) habían ido a preguntarle el lugar en que se hallaba «el Rey de los Judíos que ha nacido» y atemorizado por la perspectiva de verse de algún modo desposeído del trono cuya conquista tanto le había costado, trata, con astucia, de valerse de los Magos para realizar su propósito de suprimir al inerme enemigo. Desengañado por el hecho de que los Magos no volvieran para referirle el lugar exacto donde Jesús se hallaba, desahoga su ira de «hombre cruel para todos sin excepción y dominado por la cólera» (cfr. Flavio Josefo, Antigüedades judías, 17, 8, 1) ordenando la muerte de todos los niños de Belén menores de dos años.
El viejo sanguinario había sembrado su vida de víctimas, unas veces ilustres y otras oscuras, entre las que se cuentan parientes e hijos, y en el Evangelio representa al tirano impotente, en su violencia, para obstaculizar los planes de Dios (Mateo, cap. II). Herodes Antipas hijo y, parcialmente, sucesor de Herodes el Grande con el título de Tetrarca de Judea, vivió del 20 a. de C. al 39 d. de C. Su conducta disoluta (v. Herodías) fue duramente execrada por Juan Bautista (v.), que pagó con su cabeza esta intrepidez. Jesús le definió gráficamente como «la zorra» (Lucas, cap. XIII, 32).
Temiendo que fuera el Bautista resucitado, Herodes trató infructuosamente de apoderarse de Jesús; pero cuando le tuvo frente a él durante el proceso (Lucas, cap. XXIII, 7-12) «se alegró mucho, pues hacía mucho tiempo que estaba deseoso de conocerle por cuanto había oído contar de Él y esperaba verle hacer algún milagro». Irritado por el silencio que Jesús opuso a su curiosidad, «le trató con desprecio, se burló de Él y, vistiéndole una túnica blanca, le envió de nuevo a Poncio Pilatos» (v. Pila- tos). La vil venganza por la ofensa inferida a su «dignidad» y la intención de hacer sentir a Jesús el peso del ridículo son pinceladas definitivas del retrato moral de Herodes que el Evangelio no ha querido pasar por alto al poner de relieve su abyección en una de sus más eficaces pinturas de caracteres.
S. Garofalo

