Henoc

[Hanōk]. Al remontarse hacia la creación del mundo en la genealogía de Jesús, el Evangelio de San Lucas (v.) dice: «Matusalén, hijo de Henoc, hijo de Jared, hijo de Maleel, hijo de Cainán, hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios». Cuando tras las huellas del evange­lista retrocedemos a través de la Biblia hasta el Génesis (v.), hallamos, antes del Diluvio y entre dos patriarcas casi milena­rios, a Henoc, hijo de Jared y padre de Matusalén (v.). «Henoc vivió, en total, tres­cientos sesenta y cinco años. Caminó con Dios y, arrebatado por el Señor, desapare­ció».

La tradición permanece siempre pen­diente de estas breves palabras, aguardando una posible aclaración del misterio. La ma­ravilla mudóse en la espera de Henoc; y los escritos apocalípticos apócrifos escru­taron el fin del mundo, buscando allí, en la omega, al que desapareció en el princi­pio. Se pierden así los dos extremos de su historia en las tinieblas de su nombre: un pálido arco iris a través de los tiempos. Y más abajo, como otro iris menor y menos brillante, Elias (v.), el que fue también arrebatado y volverá.

La Sagrada Escritura prestó más atención a su santidad: «caminó con Dios». Es casi la confianza de un com­pañero de viaje a través del largo camino de 365 años, cual los días de un ciclo so­lar. Esta confianza es la fe, puesto que el compañero es Dios: «Henoc fue arrebatado a causa de la fe… ya que era agradable a Dios», dice San Pablo (v.) al proponer a los hebreos la virtud de Henoc entre las de Abel (v.) y Noé (v.). Henoc posee la fe activa y la elocuencia profética de este úl­timo, descendiente suyo, y así lo recuerda San Judas: «Profetizó Henoc, séptimo des­pués de Adán, diciendo: “He aquí que vie­ne el Señor con sus millares de santos a juzgar a todos”».

Y ya nada más en nin­guno de ambos Testamentos: desaparece de la Biblia como desapareció del mundo, e, igual que el sol, prosiguió su vida en el cielo al término de sus 365 años. No un misterio, sino una ausencia, por cuanto el misterio de Henoc es el de Dios mismo.

P. De Benedetti