Heathcliff

Personaje de la novela Cumbres Borrascosas (v.) de Emily Brote (1818-1848). Figura siniestramente fascina­dora, desde las primeras páginas nos es presentada con los efectos de un primer plano impresionante, pero, sin gran riesgo de palidecer en la fantasía de los lectores, tal vez sólo queda de ella su carácter de imagen de pesadilla.

La sostiene, vivificán­dola y potenciándola con todos los posi­bles detalles realmente constructivos, el re­lato que acerca del personaje reconstruye laboriosamente una anciana criada, empe­zando en el día en que Heathcliff, hijo de unos gitanos y recogido en medio de un camino, fue llevado a la mansión de Wuthering Heights, en lo alto de una colina expuesta al asalto de todos los elementos, propiedad de un caritativo gentilhombre, que le trató como uno más de sus hijos, in­corporándole a la vida familiar.

Con la muerte de aquél, se desencadena contra Heathcliff, que por otra parte nunca se ha mostrado de carácter demasiado amable, el rencor del legítimo heredero Hindley Earnshaw (los Earnshaw, señores de Cumbres Borrascosas, son hijos de la tempestad), el cual le condena al rango de sirviente, a pesar de que a su acre antagonismo se opo­ne el amor que su hermana Catalina (v.) siente por el expósito: primitivo y fantás­tico sentimiento infantil que en sí mismo no excluye, aunque inconsciente de su pro­pio peso, una sombra de prejuicio de casta. Tanto es así, que más tarde la joven no rehusará casarse con el perfecto «gentleman» Edgar Linton, uno de los tímidos y pasivos Linton, hijos de la calma, que ha­bitan en el valle.

A partir de aquel mo­mento, se desarrolla en Heathcliff el genio de un odio frío y, al mismo tiempo, de un amor tan feroz y ajeno a las habituales justificaciones, reacciones y costumbres sen­timentales, que puede confundirse con el odio. Después de una desatinada perse­cución amorosa de que Heathcliff le hace objeto, Catalina muere dando a luz una niña de su marido, la segunda Catalina (Cathy). Mientras tanto, Heathcliff, con diabólico cálculo, ha contraído matrimonio con la hermana de Edgar Linton, Isabel, reduciéndola inmediatamente a su merced y destruyendo su carácter, hasta que le permite la fuga, aunque recobre violenta­mente, al morir ella, su hijo Linton, un pobre ser enfermo, débil y de malos ins­tintos, con quien su padre maniobra hasta lograr casarle con la hija de la nunca olvidada e inolvidable Catalina.

Una vez muer­to aquel que un día más le odió y mal­trató; una vez reducido a una existencia meramente vegetativa y poco menos que bestial su hijo (Hareton Earnshaw); y ha­biendo quedado viuda, y en triste situación la segunda Catalina, hija de Catalina Eamshaw y de Edgar Linton, Heathcliff no pen­saría en otra cosa que en poder unirse con el fantasma siempre sangrientamente in­vocado de Catalina, si no le pareciera que tales póstumos esponsales, en el más allá de los espíritus voluntariamente condenados, requieren, para ser dignamente celebrados, una vengativa apoteosis, en la que sean destruidas las casas de Earnshaw y de Lin­ton.

Pero la tempestad que le ha arrastra­do parece amainar súbitamente: «Lo que me frena no es la idea de dar el golpe, sino únicamente la pereza de levantar la mano». Estupenda descripción humanizada de un gran vendaval que empieza a ceder. Y Heathcliff muere aceptando que la joven nuera viuda y el hijo dé su más odiado enemigo se propongan recomenzar juntos la vida.

En realidad, en la segunda genera­ción, la neta distinción entre los hijos de la tempestad y los hijos de la calma se ha embotado; las criaturas de esa segunda generación participan de ambas naturale­zas, aunque con la diferencia de que Ha­reton y la segunda Catalina son hijos del amor, y por ende reúnen las cualidades po­sitivas de sus padres, la amabilidad y cons­tancia de la calma y la fuerza y el valor de la tempestad, mientras Linton (el hijo de Isabel y de Heathcliff) es hijo del odio y en él se suman las cualidades negativas de quienes le dieron la vida: la vileza y debilidad de la calma y la crueldad e inexorabilidad de la tormenta.

El tema cósmico, polarizado en las dos casas, la del alto brezal (Cumbres Borrascosas, Whuthering Heights) y la del valle (Thrushcross Grange) impregna a los personajes de la novela y a sus actos, de tal modo que ni la ferocidad de sus actitudes ni la violen­cia de sus palabras asumen jamás un ca­rácter morboso. Se ha observado que en Heathcliff hay muchos elementos del hom­bre fatal byroniano: su origen misterioso, su manera de destruir aquello que ama, su crueldad para con Isabel. «Sentiríais extra- ‘ñas cosas si yo viviese solo con aquel des­vaído rostro de cera», dice Heathcliff a pro­pósito de aquélla; «Lo más sencillo sería pintar sobre su rojo color los colores del iris y hacer que sus ojos azules se pusieran lívidos cada dos o tres días».

Pero aunque en la novela se hable de azotar, de beber la sangre, de arrancar los ojos o el cora­zón, intemperancias que parecen de un frenético drama isabelino, en sus páginas no hay la menor sugestión de atormentada sensualidad: la novela permanece suspen­dida entre la tierra y el cielo, y las furias de sus personajes son como la furia de los elementos. Aunque en ella todo sea sombrío, no hay nada morboso y en su at­mósfera parece reinar una salud primitiva y salvaje: el color de esas pasiones es el color blanco de una llama purificadora.

El propio Heathcliff es una fuerza elemental, como el fuego o el viento. Y de la misma manera que la novela no es inmoral sino «premoral», los personajes son casi prehumanos; es una novela que constituye raza aparte, como único monumento supervi­viente de una especie de hombres-grifos ya completamente desaparecida.

R. Franchi