Héctor

Hijo de Príamo (v.) y Hécuba (v.), es el gran defensor de Troya en la Ilíada (v.) de Homero (siglos IX- VIII a. de C.). Su mismo nombre posee ya elementos característicos y significativos que ayudan a la comprensión de esta noble figura.

La mayor parte de los nombres de los héroes de la Ilíada no son de origen griego, y, por lo tanto, carecen de significación para Homero, así como para nos­otros mismos; se refieren a mitos antiquísimos, recogidos y elaborados por los griegos e introducidos en la poesía épica. Héctor, en cambio, es un nombre elocuente, que significa «el defensor o el protector»; aun­que es un nombre de combatiente, nada tiene dé cruel ni de agresivo. Por tratarse de una palabra griega nos da a entender una relativa modernidad del personaje. Es posible que esta figura no haya sido ideada totalmente por Homero; no obstante, él le dió forma y movimiento con tal libertad que Héctor, más que otros héroes, puede considerarse como intérprete de los idea­les más personales del poeta.

Frente a Héc­tor ^e halla Paris (v.), raptor de Elena (v.) y responsable de la guerra. En realidad, en la Riada el papel de Paris aparece sa­crificado en favor de Héctor, el nuevo hé­roe; con ello el mito se ve renovado y la historia del rapto y de la guerra de Troya se convierte en la de Héctor, a la vez que de Aquiles (v.), y en un episodio en el que la expedición y la venganza son sólo un pretexto y un ambiente adecuados a la actuación de personajes creados o interpre­tados de nuevo, articulada y desarrollada al margen de la guerra y no según el mito, sino sobre el modelo de una realidad hu­mana concreta que Homero estudia y ex­pone.

Antiguos comentaristas hacen notar que Héctor no es un perfecto caudillo de ejércitos y que no habla a los soldados se­gún las mejores normas de la oratoria cas­trense. En realidad, los héroes predilectos de Homero no han de ser solamente gue­rreros o jefes completos (Ayax, v., lo es, pero la Riada no muestra hacia él ningún afecto especial), sino hombres perfectos; combatientes, por lo tanto, porque belicosa es la sociedad que les rodea, pero también abiertos a la amistad, al cariño familiar, a la responsabilidad civil y al valor sensato, sin los ímpetus nada humanos a los que Ayax se abandona. Héctor combate por la ciudad y no por Elena, a pesar del respeto caballeroso y la cortesía que le dispensa; no odia a nadie, se muestra comprensivo con Paris y se encamina serenamente hacia la muerte por un desinteresado sentido del deber.

Es célebre su adiós a la mujer y a los hijos, en el canto VI, episodio que anun­cia ya los acontecimientos que ocurrirán hacia el final de la Riada, y aún más tarde, después de la destrucción de Troya. El presentimiento de Héctor acaba luego de precisarse con la aparición de Patroclo (v.) en el campo de batalla, pues sabe que si da muerte a Patroclo acarrea sobre sí la ven­ganza de Aquiles, cuya superioridad tam­poco desconoce. Es necesario, no obstante, que muera Patroclo, para salvar así las na­ves y el ejército; y si Héctor debe matarle para defender la ciudad, la amistad impone a Aquiles la venganza del amigo.

La pre­dicción de una muerte próxima que hace a su enemigo en el momento de morir a manos de éste no se halla inspirada por un impotente sentimiento de venganza, sino que indica la relación entre el final de am­bos adversarios y confirma la nueva soli­daridad que se establece entre ellos en el momento de su desaparición. Aquiles ex­perimenta aún un cruel deseo de ensañarse en Héctor e incluso en su mismo cadáver a causa del recuerdo de Patroclo, a pesar de lo cual la Riada concluye en un dolo­roso recogimiento, la paz y el llanto por los caídos. Aquiles sabe que este duelo ha sido una de sus últimas hazañas; el difunto Héctor le hace pensar en sí mismo y Príamo (v.) en su anciano padre, Al final de la Riada, tanto en la tienda de Aquiles como en Troya, se llora a los desaparecidos y se temen nuevas calamidades.

La narración, iniciada en el campo aqueo, termina en el bando de los vencidos, entre los que se halla también Aquiles, así como Elena, que, transformada, participa en el llanto por su cuñado, al que llama el más justo de los hombres. Empezada en la sociedad soberbia y tiránica representada por Agamenón (v.), la Riada se cierra con la exaltación de los rebeldes y los vencidos. Héctor representa la unión de los troyanos, menos fuertes pero compactos, y, aun cuando destinados a la ruina, exaltados, en el mismo instante de su hundimiento, por su tenaz patriotis­mo.

En ese preciso momento desaparece toda simpatía hacia los vencedores, que se ven olvidados, en tanto la solemne con­memoración de los muertos hace que el poema acabe, es cierto, en el luto, pero también en el unánime loor por el nuevo protagonista, quien,  después de su muerte, reúne en torno a sí el dolor de los suyos, el respeto de los enemigos más generosos y la piedad de los dioses.

F. Codino