Protagonista de la novela filosófica de su nombre (v.) del filósofo arabigoespañol Ibn Tufayl (m. en 1185). Es un personaje alegórico incluso en su nombre, el cual significa: «el vivo, hijo del que ha despertado», y en la intención del autor representa la capacidad del intelecto humano para alcanzar con sus propias fuerzas el conocimiento de la divinidad y del cosmos, dejando demostradas además, según se ve en la segunda parte de la novela, la concordancia de esa intuición especulativa con los datos de la religión revelada, y la providencialidad de ésta, con todos sus símbolos y ritos, indispensables al promedio de las mentes humanas, incapaces de llegar por sí solas al místico conocimiento intuitivo.
El pequeño Ḥayy Ibn Yaqẓān, abandonado en una isla desierta de la India, es amamantado por una cabra y poco a poco aprende a satisfacer por sí mismo sus necesidades, alimentándose, vistiéndose, cobijándose de las intemperies y aun reconociendo el curso de las estaciones y el movimiento de los astros, que luego habrá de servirle de base a sus especulaciones metafísicas. Artísticamente, el mayor interés se halla en esta primera parte, en la que el solitario está descrito, en su gradual y autónomo descubrimiento de la vida física e intelectual, con auténtica fineza y hábiles gradaciones psicológicas. El siglo XVIII europeo vio en Ḥayy al «philosophus autodidactus», una especie de Robinson Crusoe (v.) musulmán que parecía confirmar las tesis de la Ilustración acerca de la civilización humana y de la omnipotencia de la razón (v. también Andrenio).
F. Gabrieli

