Protagonistas de un antiguo poema danés de amor y de muerte, cuya forma primitiva se refleja en un relato en prosa, entreverado de versos en sus momentos culminantes, que se halla en el libro VII de las Gestas de los daneses (v.) de Saxo Gramático.
Hagbard, hijo de Hamund, se encuentra en una expedición vikinga con los hijos de Sigard, rey de Dinamarca, hace la paz con éstos y conquista el amor de su hermana, Signe. Ésta es una de aquellas muchachas que «se enamoran más de la fama que de la belleza de sus pretendientes», por lo cual desdeña a un inepto aspirante a su mano, el germano Hildegisl, aunque no puede evitar que por su culpa surja una disputa entre los hijos de Sigard y los de Hamund. Los dos hermanos de Hagbard perecen en el combate y él da muerte a su vez a los hijos de Sigard y hiere con vergonzosas heridas al vil Hildegisl.
Luego, revestido de hábitos de mujer, se presenta como guerrera a la corte danesa, solicitando formar parte del séquito del príncipe. Las doncellas que la ayudan a vestir se asombran al ver la robustez y vellosidad de sus brazos y piernas, a lo que Hagbard responde que nada es más natural, dadas sus viriles costumbres. Luego se niega a compartir la estancia de aquéllas: Signe, dice, la acogerá en su propio lecho. Allí, entre arrebatos de mutua voluptuosidad, Signe y Hagbard se juran fidelidad hasta más allá de la muerte. El gran tema del amor magnánimo, que sofoca todo otro sentimiento, ocupa todo su espíritu hasta hacerles aceptar deliberadamente la muerte porque, en ella, el amor triunfa de todo.
La fidelidad amorosa, aun más allá de la muerte, es la inspiración y el centro del relato, que ocupa en la literatura nórdica antigua un lugar peculiar e independiente. Hagbard, traicionado por las doncellas, es condenado a morir, no sin haberse antes defendido valerosamente. Llevado al lugar del suplicio, manda al verdugo que cuelgue primero su capa. Entonces Signe pega fuego a las estancias de las mujeres y muere entre las llamas junto con sus sirvientas, mientras Hagbard, feliz al ver la fidelidad de su amada, pide al verdugo que le ejecute cuanto antes. Este antiguo poema, que se remonta tal vez al siglo XI, fue la fuente de la hermosa balada de Havbor y Signelil, que conserva los rasgos fundamentales de la antigua historia, aunque introduce en ellos originales variaciones que atestiguan su vitalidad y una más fina sensibilidad caballeresca.
En el centro, en lugar de la parte «heroica», se halla la tragedia del amor desdichado, que culmina en las palabras de Havbor ante la horca, mientras ve arder las estancias de Signelil («Si ahora tuviese mil vidas, no quisiera la limosna de ninguna»), en una situación que hubiera entusiasmado al caballeresco y trágico Tasso.
V. Santoli

