El Hada de los Cabellos de Turquesa

Personaje de Pinocho (v.), de Carlo Collodi (1826-1890). El Hada de los Cabellos de Turquesa carece de nombre. Se llama así porque tiene los cabellos azu­les o, para expresarlo con un adjetivo más raro, de sabor ochocentista y algo pasado de moda, preciosista y sentimen­tal, «turquíes».

Pinocho (v.), por así de­cirlo, no es hijo de nadie; y aun cuando pueda considerarse a Pepito (v.) como su padre, su madre se desconoce. ¿Quién es el Hada de los Cabellos de Turquesa? ¿Es una imagen materna como podría imaginársela cualquier muñeco parlante que ig­nore que en el mundo existen madres y padres, o bien se trata de una represen­tación indirecta de la divina providencia o del espíritu del bien? ¿Es la cándida y virginal madrecita de Pinocho? ¿Es quizá su hermanita? Puede que así sea.

Pero, ¿acaso no puede también creerse que el Hada querida, el Hada buena, esté desti­nada a convertirse, a medida que Pino­cho se irá transformando gradualmente en muchacho, joven y hombre — igual en­tonces a todos nosotros, que quizá no le reconozcamos cuando nos pase muy cer­quita mezclado entre la multitud —, en una imagen de amor, presentida ya en la in­fancia cuando, aunque sólo fuera un muñequito de madera, poseía un corazón cada vez más humano? Como Pepito, también el Hada Turquesa pasa por mil peripecias para salvar a Pinocho, llevarle al buen camino y hacer de él una criatura de carne y hueso.

Ella es su ángel custodio, y varias veces está a punto de aparecer bajo este aspecto; sin embargo, por algo es Hada y por al­go pertenece a un mundo mítico, y, así, ve logrado su intento. ¿Se acordará de ella Pinocho cuando, ya hombre, olvide la ex­periencia de su vida de muñeco? Quizá, sin decírselo, el Hada se le acercará un día bajo otro aspecto y Pinocho la juz­gará una jovencita como las demás, se ena­morará de ella y se le ocurrirá decirle, co­mo hacen siempre los hombres enamora­dos: «Parece como si ya te hubiera cono­cido antes».

El Hada de los Cabellos de Turquesa, prometida del estudiante, con­table o abogado Pinocho, no responderá ni sí ni no, pues no en vano es mujer y, como tal, sabe guardar el secreto de todas las mujeres: el de que las hemos encontrado ya en otra vida; nosotros tenemos de ello una vaga sensación, y ellas, que lo saben positivamente — por algo somos, los hombres, hijos de mujer—, no lo afir­man ni niegan.

O. Vergani