Guzmán de Alfarache.

Protagonista de la novela picaresca de su nombre (v.), de Mateo Alemán (1547-1614?). Guzmán de Alfarache es el primer «pícaro» que se pre­senta bajo este nombre y ciertamente es el más típico y por ende el más célebre de todos ellos.

Hijo de nadie, como Lazarillo (v.), atormentado continuamente por el hambre y perseguido por los azares de la fortuna, él mismo nos cuenta su vida, en la que le vemos andar errante como un desorbitado cometa desde España a Italia y desde Italia a España, solo, sin afectos y dispuesto a abrazar todos los oficios: unas veces criado, otras mendigo, otras merca­der, otras soldado, otras tahúr, otras estu­diante, otras marinero, otras alcahuete, pero siempre ladrón, y finalmente galeote.

Algu­na vez conoce la riqueza, pero cuando no le roban otros bribones más astutos que él, se apresura a dilapidarla para no tener que andar temiendo los reveses de la suerte. Conocedor de todos los vicios y demasiado modesto para pretender ser mejor que sus contemporáneos, tiene, a pesar de todo, accesos de conciencia que le hacen lamen­tar no vivir en una época en que la virtud sea útil. Pero ¿qué ventaja puede haber en pertenecer a una sociedad donde todo es falso, donde reina la hipocresía y donde la mentira es universal? En ella «el pan que puedes esperar de mano ajena es pan de dolor y de sangre, aunque te lo ofrezca la mano de tu propio padre».

Ante seme­jante realidad, que aparece a sus ojos como impenetrable y hostil, no cabe otra actitud que la fuga: una fuga que se realiza a tra­vés del desprecio de la vida y el desdén del mundo y de toda actividad humana. Con un cinismo desesperado y un venenoso sarcasmo, Guzmán opone a las ideales Arcadias, a las fantasmagorías caballerescas y a las aspiraciones al idilio, las desver­güenzas de la degradación y las burlas y bufonadas del encanallamiento. Y en esta denigración de toda grandeza y en este desenmascaramiento de toda utopía, Guz­mán alcanza las fuentes del espíritu espa­ñol, en que el ascetismo cristiano y la desesperación hebraica (Alemán descendía de judíos) se funden en una visión nega­tiva del mundo, propia de ciertas ideologías imperantes en la época del autor.

C. Capasso