Es el «hombre que ríe», protagonista de la novela de este nombre (v.), de Víctor Hugo (1802-1885). Gwynplaine es un noble inglés, que en su infancia ha sido robado por los «comprachicos», y cuyo rostro ha adquirido un horrible gesto de eterna risa. Convertido en histrión, conoce la vida de los pobres y el amor de una muchacha ciega, Dea (v.), la cual no puede ver sus facciones pero sí apreciar la noble fraternidad de su alma.
Cuando más tarde recobra su título de lord, intenta en vano enlazar el miserable mundo que fue suyo con el otro magnífico en que naciera; pero no sólo no logra hacer comprender a sus semejantes las exigencias de los humildes, sino que se hace a sí mismo víctima de aquéllos, que le alejan de la mujer a quien ama y le empujan al suicidio. Así, el siempre sonriente Gwynplaine es el hombre del dolor: de un dolor tan íntimo y a la vez tan manifiesto y obvio, aunque tan mal juzgado, que la carcajada que lleva impresa en sus facciones se convierte en un símbolo sarcástico de su choque con el mundo exterior, con toda la especie humana, incapaz de comprender la trágica idea de irrealizable bondad que le anima.
Cuando Gwynplaine, en la Cámara de los Lores, al evocar las miserias del pueblo se conmueve y estalla en sollozos, su monstruosa cara sigue riendo y toda la Cámara se conmueve ante aquella risa y participa en ella como una canallesca multitud de suburbio, con efectos de cinematográfica modernidad. A semejanza de tantos otros personajes de Hugo, como Quasimodo (v.) y Triboulet (v.), Gwynplaine refuerza con su aspecto exterior y con efectos también exteriores el dramático contraste que late en su alma, realizando así aquella trágica visión que el arte romántico y especialmente el de Hugo había intuido mucho antes de que el cine lo reivindicara para sus medios de expresión.
Por ello, Gwynplaine es a la vez más y menos que un personaje: es una forma dramática rica en alusiones y en ecos y, antes que un hombre, la encarnación de una angustia de humanidad apasionada e impotente a la que sólo el dolor y el fracaso permiten alimentar en su interior, pero no realizar exteriormente, una férvida aspiración al bien.
U. Déttore

