Con este figurón, protagonista de El Narciso en su opinión, de Guillén de Castro (1569-1631), aparece en la escena del Siglo de Oro español el motivo del presumido enamorado de sí mismo, que será luego llevado a su perfección por Moreto en El lindo don Diego (v.).
Don Gutierre es, ciertamente, una caricatura, al lado de la más refinada humanidad del personaje de Moreto, pero está trazado con la restallante energía del dramaturgo valenciano, nada puritano en situaciones ni palabras a través de todas sus obras. Desde el principio se comprende cuál ha de ser el final: el galancete quedará burlado por las dos damas con cuyo corazón ha creído jugar, en un golpe de teatro terminal, donde las ve marchar a cada una del brazo de su destinado esposo, mientras a él se le recomienda que «con su parecer se case».
En rigor, este personaje es poco más que un maniquí a quien se endosan pantorrillas postizas y galas afeminadas, pero ya como documento de modas tendría bastante interés. Y además, le envuelve el aire de burla cruel y malhablada que Guillén de Castro proyectaba siempre en torno a sus tipos ridículos.
J. M.ª Valverde

