Gordon Pym

Protagonista e imagina­rio autor de las Aventuras de Arthur Gordon Pym (v.), del escritor Edgar Alian Poe (1809-1849). Su nombre completo, Arthur Gordon Pym, es claramente un pseudónimo de Edgar Alian Poe: los pseudónimos son una de las muchas formas de transparente disfraz con las que un autor, jugando su irresistible y desesperada partida de falsi­ficación, finge esconder lo evidente, cuan­do en rigor se esfuerza en ponerlo a la vista de todos.

Poco más que su nombre distingue a Pym de los demás personajes «autobiográficos» en cuyas bocas el ven­trílocuo Poe pone sus más breves relatos (v. Historias extraordinarias); es uno más entre ellos y un resumen de todos sin sus oro­peles escénicos. Como «carácter» sólo existe en la escasa medida indispensable para po­ner en movimiento la narración, y dentro de ella, sólo en el grado en que un «viaje» a los límites inexplorados — o a las extre­mas profundidades — de la mente humana puede ser referido como una aventura ma­rinera. Hijo de un respetable comerciante de Nantucket — el puerto ballenero de Nue­va Inglaterra de donde el Acab (v.) y el Ismael (v.) de Melville no habrían de tar­dar en salir a la caza de Moby Dick (v.) —, Pym pertenece desde su infancia a la «raza de la melancolía, numerosa entre los hom­bres».

Su «temperamento entusiasta» y su apasionado deseo de hacerse a la mar se alimentan de imágenes nacidas de una «ima­ginación tan sombría como ardiente»; como Acab, tiene «vislumbres proféticas» de un destino que se siente «vinculado a cumplir» — vislumbres «de un océano inaccesible e ignorado… de sufrimiento y de desespera­ción… de naufragio y de privaciones, de muerte y de cautiverio entre hordas bár­baras». Oculto en las bodegas del ballenero «Grampus», Pym se embarca «inconsciente­mente» en una serie de aventuras que jus­tifican de lleno sus extravagantes previ­siones.

Su «figura» se hace cada vez más vaga: habla de sí mismo ora como si fuera un muchacho, ora como si fuera un hombre lleno de años y de experiencia; acaba siendo efectivamente aquello que había sido en idea, o sea un punto neutro, si lo hubo jamás, en el que convergen, como aconte­cimientos «naturalistas» en un mundo de tiempo cronológico y de espacio tridimen­sional, aquellos sucedidos intemporales e inespaciales de la vida de la mente que constituyen la sustancia característica de los escritos de Poe.

Por medio de Pym, el autor representa en su estado «puro» o «desnudo» — como «hechos» o como imá­genes surgidas en la pesadilla de otro — los datos de sus obsesionantes fantasías: quedar encerrado en un diminuto recinto oscuro, ser enterrado vivo, ahogarse, pu­drirse, perderse en un laberinto, experi­mentar la «enfermiza agudez de los sen­tidos» (v. Rodrigo Usher), el hambre, la sed, el terror, la ansiedad, la impotencia, el delirio, el vértigo, la desesperación, el asesinato, el canibalismo, el naufragio, la «bajada al maelstróm», el amontonamiento de dificultades e impedimentos, el tormento de Sísifo, la necesidad de resolver proble­mas técnicos o analíticos (v. Augusto Du- pin), el tener la vida pendiente de acci­dentes triviales o del arbitrario capricho de un loco, los horribles peligros, la huida a ciegas, la alternancia entre frenéticas es­peranzas y agotadoras desilusiones, entre angustias e histéricas alegrías, insoporta­bles tensiones y «una aturdidora y aplas­tante sensación de relajamiento».

Cada uno de los horrores y de las catástrofes a que sobrevive es el preludio de un nuevo horror o de un desastre con que su mente choca al par que va perdiendo uno tras otro los vínculos que le unen con la «salud» y la «seguridad» de la civilización. Éste es un viaje que el autor ya sabe que no tiene retorno: en el corazón de «algún secreto que jamás habrá de decirse», más allá del más remoto confín de la razón, «cuya meta es la destrucción». Y el predecesor de Pym, el anónimo narrador que en el último mo­mento arroja al mar el relato titulado Ma­nuscrito encontrado en una botella, no regresa. Pero Pym, como Ismael y como el Prufrock de T. S. Eliot, que sobreviven uno y otro a su muerte, debe «volver para decirlo todo» (el relato «incompleto» no dice de qué modo y cualquier explicación seria falsa).

El único superviviente, ade­más de él, es él minúsculo, grotesco y loco «demonio» Peters: una vez rotos todos los vínculos, la mente reconoce su fraterno parentesco con la bestialidad y la demencia. Poco antes de alcanzar el punto extremo en que se desintegrará, la mente pasa por un intervalo de lucidez analítica: el universo físico — una isla de caníbales don­de se hallan presos Pym y Peters — se dis­pone en estratos distintos (incluso el agua de la isla está estratificada) o en «cripto­gramas» geológicos (que reaparecen como criptogramas verbales en distintos relatos y artículos).

Y cuando el héroe huye en una canoa, con el bestial compañero que se ha convertido en su amigo íntimo, se ve rodeado por «una vasta cadena de evidentes milagros»: una corriente misteriosa le em­puja inexorablemente hacia el Sur en di­rección al Polo, en una sobrenatural «re­gión de novedad y maravilla»; su mente se hace inarticulada y vacía, todas las formas sólidas se disuelven en vapor, cenizas y nieve, todos los colores se hacen blancos; y se abre una hendidura para recibirle, y ante él surge una gigantesca «figura humana velada» cuya piel tiene «la blancura per­fecta de la nieve». Algunos historiadores de la literatura quisieran que el nombre de esta figura fuese Moby Dick, ya que la semejanza del libro de Poe con el de Melville son, aquí como en otros puntos, acu­ciantemente tentadoras, pero es más proba­ble que sea Ligeia (v.).

En efecto, el re­lato de Poe carece de toda «referencia» a través de la cual su simbolismo pueda in­terpretarse como cultural o moral o incluso «poético», en el sentido humanístico y cris­tiano de la palabra: sus acontecimientos son acontecimientos fisiológicos y psicoló­gicos en la historia de la misma mente hu­mana, mientras la locura y la muerte la destruyen y se abre para recibirla el seno de una madre cósmica.

S. Geist