Gorgias

Para atacar la so­fística, Platón (427-347 a. de C.), en el Gorgias (v.), pone en escena a los dos ma­yores exponentes de esa escuela: primero a Protágoras (v.), a quien nos presenta en lo que hoy llamaríamos un «coctel» ofre­cido en su honor en casa de un rico ate­niense, y luego a Gorgias, a quien Sócrates (v.) se aproxima en un momento en que aquél se halla cansado por las numerosas entrevistas que ha debido celebrar, tanto más fatigosas cuanto que su edad empieza ya a ser avanzada.

Platón se complace en describir a los viejos, como por ejemplo al centenario Parménides, o al propio Só­crates, que en el Timeo (v.) no tiene más función que la de presidente honorario del diálogo. Gorgias se halla todavía en el cé­nit de su gloria. En su doctrina no admitía ni la existencia del ser ni la del no ser, por lo que llegaba a un nihilismo absoluto. En esta nada sólo quedaba una cosa, tanto más existente cuanto que era la única que subsistía: la palabra, ya sea por su belleza — toda palabra y toda frase tenían un va­lor intrínseco y pasaban a convertirse, en una especie de «bel canto», en obra de arte—, ya por su poder.

La palabra se ejercitaba ora con un solo interlocutor, preferentemente un adolescente, ya ante un grupo de jóvenes que siempre seguían a los sofistas seductores, ya ante las masas, que en Atenas eran infinitamente dúctiles y sensibles. Acerca de este arte de la palabra considerada como fin en sí misma, Sócrates interroga a Gorgias, el cual em­pieza vanagloriándose y haciendo la rueda como un pavo real, pues los sofistas, en su orgullo, se creían omnipotentes y preten­dían que todo les era lícito. Pero muy pron­to Sócrates demuestra ser un jugador habi­lísimo, y en su búsqueda de los valores verdaderos e inmutables va estrechando cada vez más a Gorgias. Uno de los discí­pulos, más joven que el maestro, entra en liza para defender a éste.

Gorgias le deja hacer, manteniéndose desdeñosamente a un lado. Un segundo discípulo, Calicles (v.), impetuoso y violento, interviene luego, y cuando Sócrates está a punto de ganar la partida, Calicles, irritado, pretende cortar la discusión. Entonces interviene Gorgias: indudablemente, como viejo zorro que es, nada le costaría hallar un subterfugio y salvar, por lo menos aparentemente, las apariencias. Pero como si él fuera neutral o se hallara por encima del juego, declara que éste debe continuar, y a pesar de que ve aproximarse el fuera de combate, se abstiene de interponerse, demostrando una magnánima superioridad.

El hecho es que Platón, como filósofo, quiere demoler a los sofistas, pero como artista acaricia las figu­ras que hace aparecer en su teatro, sean cuales fueren, aunque se trate de las de sus adversarios. Por ello no quiere mostrár­noslas en un solo aspecto, el desfavorable, sino que las vuelve a uno y otro lado con­firiéndoles pleno relieve, según la ciencia nueva que él tanto apreciaba: la estereometría. El diálogo se concluye con la vic­toria completa de Sócrates. Gorgias, como un gran rey pródigo, no se ha preocupado del éxito de su escuela y desde este punto de vista alcanza la altura de un filósofo auténtico, superando, por obra y gracia de Platón, incluso al mismo Sócrates, que triunfa de él.

F. Lion