Don Gonzalo González de la Gonzalera

Personaje de la novela de su mismo nombre (v. Don Gonzalo Gonzá­lez…) de José María de Pereda (1833-1906). Hijo de un pobre borracho, abandona su aldea montañesa y emigra a América, donde su tesón y heroico espíritu de ahorro le permiten reunir una suma que en su país será un patrimonio.

No se trata de millones a la americana: le basta un rinconcito para ser el primero entre los primeros, allí donde le habían conocido como último en­tre los últimos. Regresa entonces a su aldea, luciente y renovado: desde el sombrero a la corbata, desde la cadena del reloj a los zapatos, desde el bastón a las tarjetas de visita, todo en él es un indicio de mez­quindad interior y un catálogo de mal gusto y de plebeyez. Para completar su caricatu­ra, ahí está su nombre de Gonzalo González de la Gonzalera. Esa desmesurada vanidad, juntamente con una gran presunción, es el móvil de todos sus actos; pero no le faltan, como es natural en cierta gente, el rencor ni la malignidad.

Cuando estalla la revolu­ción, financiada en su pueblo por él, más que nada para vengarse de las calabazas recibidas de la hija del señor más impor­tante de la comarca, y cuando es aclamado alcalde por los suyos, le llena de felicidad el poderse pavonear a caballo en su fla­mante uniforme, al frente de una veinte­na de descamisados que forman una espe­cie de guardia nacional. Temeroso ante una hoja que se agita y cobarde ante quien le enseña los dientes, don Gonzalo es ca­paz de cierta astuta maldad y de infames intrigas, pero en el fondo no posee más que los mezquinos ardides de un viejo ten­dero y los ácidos rencores del nuevo rico.

Por ello, cuando las circunstancias cam­bian y todo el mundo se vuelve contra él y un delito político ensangrienta el pueblo, él, asustado por su soledad no libre de re­mordimientos, sólo halla defensa a su con­goja creándose un refugio en la familia y casándose con una solterona fea, malinten­cionada y pobre, pero de noble origen, que como dote le lleva a casa el propio in­fierno. Si a veces don Gonzalo parece una caricatura sin consistencia suficiente, en realidad fue vivo en su época, y los con­temporáneos pudieron gustar la plenitud de su realismo, mientras que los modernos sólo pueden admirar en él un curioso tipo de demagogo de tiempos pasados.

F. Carlesi