Frasquita

Personaje central de El sombrero de tres picos (v.), de Pedro An­tonio de Alarcón (1833-1891). Alta de cinco pies, proporcionalmente robusta, o quizá más aún de lo que requiere su imponente estatura de Niobe colosal, de Hércules fe­menino o de matrona romana como las que todavía pueden verse, hasta cierto punto, en el Trastevere (así lo dice el autor), la «señá» Frasquita modera la gravedad de tan respetable mole con la ágil ligereza, la animación y la gracia de movimientos; tiene la corpulencia de una estatua, pero le falta el reposo monumental.

Se contonea como un junco, voltea cual una veleta y danza como un trompo. Su voz posee toda la gama del más amplio y melodioso ins­trumento, y su risa franca y cordial re­suena como un repique de fiesta en el Sá­bado de Gloria. Viste cual las señoras de la época, las mujeres de Goya y la reina María Luisa: saya bastante corta y escote redondo y bajo; lleva los cabellos recogidos en un moño, vistosos pendientes en las diminutas orejas y muchos anillos en los dedos de las manos, recias pero bien cui­dadas. Sabe cocinar, coser, bordar, barrer, hacer dulces, lavar, planchar, enjalbegar la casa, abrillantar los metales, amasar el pan, tejer, hacer calceta, cantar, bailar, tocar la guitarra y las castañuelas, jugar a los nai­pes y hacer muchas otras cosas. Hasta aquí su retrato físico.

En cuanto al moral, baste decir que es navarra, o sea, de montañesa procedencia, y, por lo tanto, según dice el refrán italiano, de aguda inteligencia. Y, en efecto, hay que ver con qué finura aco­ge la «señá» Frasquita el galanteo de los aristócratas de la ciudad que, al salir de paseo, van a conversar con ella bajo el emparrado de. su molino, y la tranquilidad con que alarga la mano para dejar tumbado involuntariamente piernas al aire al señor corregidor, que, a solas, le faltara al respe­to. Luego, no vacilará en apuntar, de no­che, un trabuco al corregidor, quien, para hacerla entrar en razón, había intentado asustarla con dos pistolas, ni tampoco en repartir coscorrones, bofetadas y puñetazos durante la violenta riña en que se ve mez­clada.

Con la misma fuerza e impetuosidad arderá primeramente de indignación cuan­do se dé cuenta de que su esposo, el tío Lucas (v.), ha podido, siquiera por un instante, dudar de ella, y, luego, de celos, apenas sospeche fundadamente que aquél se prepara, como venganza, a traicionarla; y, en el desenlace de la acción, dará prue­ba en el palacio del corregidor, tranquili­zada súbitamente tras un primer impulso apasionado de su arrogante carácter, de una masculina fuerza de inhibición que la ennoblece y la equipara, en tan embara­zoso momento, a la dignidad y señorío de la aristócrata a quien erróneamente consi­dera como su rival. No tarda en dar libre curso a una cordial y afectuosa efusión cuando, aclarados todos los equívocos, am­bas mujeres sellan, con mutuos y repetidos abrazos y besos, la recíproca simpatía sur­gida entre ellas en tal circunstancia.

F. Carlesi