Fray Cebolla

[Frate Cipolla]. Perso­naje de uno de los relatos de Giovanni Boccaccio (1313-1375). Una sola narración y la única aventura en ella descrita (v. Decamerón, VI jornada, cuento n.° 10) bas­taron al genio de Boccaccio para crear una de las más logradas y justamente populares figuras de toda la tradición literaria italia­na.

Fray Cebolla es fruto de una observa­ción de carácter satírico, fundamentada en la burda y afortunada astucia de numerosos frailes limosneros que vagaban de una par­te para otra procurando obtener ricos pre­sentes de la crédula población campesina, y ello no tanto por la fe de su auditorio (dado lo escasamente que la poseían aún ellos mismos) cuanto mediante el nada es­crupuloso abuso de la necedad y supersti­ción ajenas. Sin embargo, el motivo satírico se ve muy pronto superado por la simpatía humana y poética, toda vez que Boccàccio admira y casi justifica con indulgente iro­nía a su héroe, cuya astucia le parece un triunfo natural del espíritu sobre la exce­siva estupidez del mundo; y así, no sabe decidirse a condenar a fray Cebolla cuando éste aplica en su provecho la conocida máxima: «Vulgus vult decipi, ergo decipiatur».

Rechoncho, pequeño y regordete, pelirrojo, suelto de lengua y con ojos es­cudriñadores, fray Cebolla es, en suma, «el mejor compadré del mundo», o sea el hom­bre que sabe rodearse de las más alegres compañías: un simpático camarada que, acabado su cometido y recogidas las ofren­das, tiene aún el suficiente humor de ser el primero en celebrar con las personas que saben apreciar sus cualidades, las tretas que acaba de emplear. Llegado a Certaldo para realizar la acostumbrada colecta, promete en tal ocasión que mostrará a los fieles, como recompensa de su benéfica generosi­dad, nada menos que «una pluma del ar­cángel Gabriel».

Dos jóvenes bromistas co­nocidos suyos acuerdan gastarle una broma pesada y poner una vez más en aprieto al pícaro; aprovechando una distracción del criado del fraile (pues hay que, tener en cuenta que fray Cebolla viaja siempre con una especie de servidor que le ayuda a llevar las alforjas, grotesco y sucio tipo del que el religioso suele valerse para sus propósitos y que responde al nombre de Guccio Imbratta [Suciedad] o, también, Guccio Porco [Puerco]), ambos logran ha­llar entre su equipaje una cajita con una espléndida pluma de papagayo en su inte­rior, evidentemente la misma que pensaba mostrar poco después en la iglesia; la sacan, llenan la caja con carbón y luego se mez­clan al ya numeroso auditorio para ver cómo se las arreglará su amigo para salir airoso.

Tras un breve discurso preliminar, fray Cebolla, en efecto, se hace llevar la cajita, promete enseñar la pluma y abre aquélla en medio de una gran expectación. Mira en su interior e, impasible, da nuevamente gracias a Dios; y, sin la menor sombra de vacilación, suelta un maravilloso parlamento en el que narra, con florida elo­cuencia, todos sus viajes y da cuenta de las numerosas reliquias que había tenido la suerte de hallar, algunas de las cuales lleva aquel día consigo; y acaba por anun­ciar tranquilamente como aquella mañana, antes de emprender la marcha, ha cogido, en lugar de la cajita que contenía la pluma del arcángel Gabriel, otra muy semejante en la que guardaba algunos de los carbo­nes sobre los que fue asado el mártir San Lorenzo, cuya fiesta iba a celebrarse dentro de pocos días, lo cual hacía suponer que su error se había debido a una inspira­ción divina… Así, son estas brasas lo que ahora va a mostrar a los maravillados fie­les de Certaldo, a quienes concederá, ade­más, el favor de santiguarles con ellas, por cuanto los que llevarán sobre el vestido una cruz marcada con tales carbones, «no serán tocados por el fuego sin darse cuenta de ello».

De esta suerte, gracias a su pronta imaginación, fray Cebolla triunfa de los burlones, los cuales quedan admirados y avergonzados, y serán los primeros en ale­grarse con él de su habilidad. Sin embargo, el largo discurso que con tal astucia ha improvisado no ha tenido únicamente la finalidad de reparar la imprevista sustitu­ción, dado que no era necesario semejante alarde espiritual para un auditorio tan vul­gar, sino que ha sido, en realidad, un com­placido desahogo de la fantasía inventiva de fray Cebolla; un verdadero tiovivo de bromas y chanzas, un fuego de artificio de imágenes burlescas con que presenta como viajes maravillosos sus vulgares peregrina­ciones y deja imaginar fabulosas aventuras sin alejarse sustancialmente casi en nada de la humilde realidad, y, también, un es­pectáculo ofrecido a sí mismo y a los pocos astutos presentes capaces de com­prenderle.

En esencia, un nuevo rasgo de su carácter de hombre ingenioso y, hasta cierto punto, de artista, que le eleva muy por encima de la mezquina e interesada sagacidad de tantos semejantes suyos. Éste es el detalle que da un sello netamente original a su figura, hace destacar de las líneas más comunes de su tipo una verda­dera y peculiar manera de ser y le vale la fama de que siempre ha disfrutado.

M. Bonfantini