Frangogiannú

Alu­cinante protagonista de la nóvela corta La infanticida (v.),- del narrador neogriego Alejandro Papadiamantis (1851-1911). La vieja Frangogiannú descansa, sin dormir, junto al lecho de su hija, que ha dado recientemente a luz una niña enfermiza.

En el desvarío de la vela, la anciana se abandona a sus pensamientos y rememora su vida, igual a la de todas las mujeres de humilde condición de su país… Esclava, primeramente, de sus padres, luego de un marido borrachín, después de los hijos, más tarde de los hijos de éstos… La vida de la mujer es una tribulación continua; ¡ojalá existiera una hierba para tener hijos varones! Las niñas son la ruina de las familias, que han de afanarse en procurar­les algún ajuar para, poder casarlas… ¡Ben­ditas sean las enfermedades de la infan­cia, caricias de los querubines!… Pero esto no lo comprende la gente… Mientras se halla sumida en estos pensamientos, en la cuna cercana la pequeña tose y llora.

La vieja, ahora ya fuera de la realidad, le pone dos dedos en la boca para hacerla callar; luego, le oprime la garganta duran­te unos momentos. Sobreviene lo irrepara­ble… Más tarde, la asaltan los remordi­mientos. Y un día, en la capilla de San Juan, llamado de los «Secretos», a quien la gente confía lo que no osaría o no po­dría confiar a los demás, la vieja enciende un cirio, se arrodilla y pide al santo una señal que le indique si ha obrado bien o no. Al salir, halla en un jardín a dos ni­ñas que juegan junto a una cisterna. «Éste es el signo», piensa la anciana, dominada por su idea fija. Se siente llamada a ali­viar a los humildes y lleva a cabo sus pro­pósitos.

Otras dos niñas de los alrededores son halladas poco después en el fondo de un pozo. Y un día los guardias rodean su casa y la registran. La anciana logra esca­par y emprende la fuga por montes, valles y lugares salvajes e inaccesibles, hasta que llega a una playa solitaria. Desde allí, una estrecha lengua de tierra conduce, a flor de agua, a un peñasco, en el que se le­vanta una ermita con una capilla; es la expiación que la aguarda y la llama. A su alrededor, contempla los espectros de sus pequeñas víctimas. Y trata de avanzar, pero, mientras tanto, la marea empieza a subir y a invadir el paso. Detrás de ella apa­recen, armados con fusiles, los guardias.

La vieja quisiera huir, pero no puede, y, en medio del agua que ya va ascendien­do, avanza lentamente hacia la capilla, ha­cia el arrepentimiento. Ya a pocos metros del peñasco, sus pies dejan de pisar la tierra firme; cae de rodillas y se hunde en el agua, a mitad de camino entre la justicia humana y la divina.

B. Lavagnini