Francisca

[Françoise]. Vieja criada que aparece, entre los años postreros del siglo XIX y los iniciales del XX, en el ci­clo En busca del tiempo perdido (v.), de Marcel Proust (1871-1922).

En la lujosa casa parisiense, Françoise conserva las cos­tumbres, relatos y, expresiones propios de su origen campesino; aguda y a veces inexorable observadora del mundo que le rodea, en ella se perpetúan las tradiciones y el lenguaje de una Francia feudal. Su fidelidad a la casa y su escrupulosa honra­dez no son incompatibles con una severi­dad de juicio que sabe hallar a veces las expresiones más cáusticas y apropiadas. Partícipe en la vida de la familia, según la antigua costumbre, en su intenso orgullo se resumen el sentido de la dignidad de sus señores, la conciencia de la condición so­cial y económica de éstos y aun la ins­tintiva dignidad de su pertenencia no adul­terada a una vieja raza, cuyas virtudes —  ante todo la tenacidad laboriosa — e im­perfecciones mantiene.

Conservadora por naturaleza (y así lo revela el lenguaje que en su boca pone el autor), de la misma forma que venera a la abuela y a las tías ancianas y honra su memoria una vez muertas, detesta, ya desde el primer mo­mento, a Albertina (v.), quien representa para ella la oscura enemiga y la asechanza perenne, y que, en realidad, viene a al­terar el ordenado ritmo de la casa que Françoise preside. P

arece como si el tiem­po mortal no pudiera ajarla nunca, y se diría que ni pasó por la infancia ni habrá de conocer el ocaso; a diferencia de la Fe­licitas (v.) de Flaubert, no es un símbolo de dócil renuncia o de heroica sencillez femenina, sino de una tradición de criados que conserva un orgullo de casta, un de­recho de crítica, una dignidad militar y una postura viril frente a la vida. Las son­risas no son frecuentes en el semblante de Francisca; pero en él escasean también las lágrimas, a causa de una fortaleza de ánimo que, no por impuesta, es totalmente ajena a cierta dureza campesina.

G. Falco