Francillon

Protagonista de la come­dia de este mismo nombre (v.), de Alexan­dre Dumas, hijo (1824-1895). Enamorada de su esposo, cuando está a punto de perderlo reclama todo su derecho al amor, y, cabe- cita caprichosa y alocada, arriesga su repu­tación para retener a aquél y echar mien­tras tanto un vistazo al mundo del placer (recuérdese la cena en «separé» con el primer pasante del notario, tras el baile de máscaras en el Teatro de la ópera), hacia el cual experimenta, en el fondo, una ín­tima curiosidad.

Sin embargo, recobra el sentido de su honorabilidad, que la salva de las necedades irreparables, y recon­quista, a un precio no demasiado caro, todo el amor de su esposo, al par que hace resplandecer su honestidad. Nacida en 1887, es la última criatura de un poeta cuya pri­mogénita había sido Margarita Gautier (v.), en 1852. No se trata ya de la cortesana, sino de la señora de la buena sociedad, que ha contraído, indudablemente, un ma­trimonio de amor, aun cuando también de conveniencia, en el que fortunas y linajes (o, mejor, «situations») se hallan equipara­dos, con todas las cuentas en regla y las oportunas intervenciones del notario para la mejor especificación de dichos patrimonios.

Alexandre Dumas nunca hubiese permitido las «mésalliances»; todos recordamos los discursos y reproches, a menudo deliciosos, del «Demi-Monde» (v.); y Francillon, o, más bien, Francina, y, aún, Cecchina, sien­te horror hacia el «demi-monde». No obs­tante, habla con juiciosas palabras sobre el derecho de las mujeres a conocer la vida de sus esposos, siquiera sea con aquel tono de sermón tan del gusto de Dumas; posee una íntima sensatez, aun cuando el medio escogido para informarse acerca de la vida de su consorte no haya sido muy afortu­nado.

De su peligroso juramento («Si tú me traicionas, ¡lo hago yo también!») hu­bieran podido surgir numerosas complica­ciones, cual ocurre a Germana, en Enamo­rada (v.). de Georges de Porto-Riche (1849-1930) (poco posterior a Francillon), la cual — precisamente por demasiado amor — ha proferido la misma fórmula, y, aun a pesar suyo — por cuanto adora a su esposo—, ha sido fiel a la promesa. Aquí, en cambio, todo acontece de la mejor manera posible: renace la calma en el hogar, y se habla ya, con discutible buen gusto, de un nuevo hijito que habrá de ratificar más adelante la reconquistada armonía.

G. Falco