Filebo

Personaje del diálo­go de su mismo nombre (v.), de Platón (427-347 a. de C.). Aun cuando la conver­sación se desarrolle entre Sócrates (v.) y Protarco, amigo de Filebo, y éste sólo pro­nuncia unas pocas palabras, el arte de Platón alcanza a iluminar su casi ausente fi­gura con haces de luz, de suerte que le convierte en figura principal del diálogo. El tema de éste es la definición de la esencia del placer.

Antes de que aparezca Sócrates, Protágoras (v.) ha discutido ya largamente acerca de ello con Filebo, quien, fatigado, sólo desea descansar. De esta for­ma, y dado que en todas partes y en cual­quier momento trata de hallar el placer, su asistencia pasiva al diálogo le convierte en el personaje que más fielmente desem­peña su misión; continuar hablando en el estado de cansancio en que se encuentra, y sobre todo con un interlocutor de la talla de Sócrates, supondría para Filebo un su­frimiento; al escuchar, en cambio, saborea la perfección de los argumentos de Sócra­tes, y más aún por cuanto éste, después de haber manifestado en muchos otros diá­logos, y sobre todo en Fedón (v.), su des­precio para todas las sensaciones corporales, se revela en este caso como el más refinado conocedor de todos los goces.

Desde el lecho donde reposa, Filebo no puede menos que sonreír complacido y subrayar con sig­nos de aprobación las palabras de Sócrates, quien, efectivamente, va describiendo con detalle todos los placeres: desde la satis­facción del hambre o la sed hasta la vo­luptuosidad del llanto provocado por una tragedia, y desde el placer vulgarísimo de rascarse algo que pica hasta el refinadísimo goce de un inesperado efluvio de perfume o de música. Si en este diálogo no se habla del amor tanto como en El banquete (v.), ello se debe a que Sócrates, ya viejo, va desasiéndose cada vez más del «eros». En este caso, Afrodita es presentada como se­ñora de todos los placeres.

Sócrates, alu­diendo a Filebo, habla con desprecio de su diosa, aunque poco después rectifica para no ofender a esta divinidad. Lo que más le diferencia de Filebo es el hecho de que éste busca placeres sin limitación, en tanto Sócrates cree que el supremo placer es la prudencia, por cuanto mantiene siempre la justa medida. En su tendencia a lo «ilimi­tado», Filebo se parece a Calicles (v.), quien admira en el tirano la posibilidad de satisfacer todos sus afanes de voluptuosi­dad. Ambos veían en esta pleamar la ple­nitud de la vida, mientras que Sócrates consideraba temible tal flujo, e insistía en que un deseo es siempre una tensión de la voluntad, y, en consecuencia, un dolor que el goce del placer no alcanza a compensar.

Menos recio y más sensible que Calicles, Filebo es capaz, indudablemente, de com­prender este razonamiento; como el mismo Platón, es un espíritu refinado y heredero de una raza en decadencia. Consideremos, también, que en ningún momento del diá­logo se habla de política; un carácter como Filebo no se preocupa, como los sofistas, por el poder político; de serle ofrecida la ti­ranía, es seguro que la rechazaría, para escapar al engorro que para él representaría este exceso de autoridad. Filebo, pues, hace que nos sintamos muy lejos de la genera­ción de Alcibíades (v.), maravilloso cata­dor de todos los placeres e incapaz de re­nunciar, por otra parte, al de ejercer el poder político.

Filebo está más próximo a Epicuro; el lecho donde disfruta del reposo sin arriesgar nada es ya una prefiguración de los jardines epicúreos, donde efluvios de perfume aturdían a uno sin que lo desea­ra, para evitarle el esfuerzo de poner la voluntad en tensión. Sócrates describe un estado de ánimo que más tarde se convertirá en el fundamento de la moral de Epicuro; los dioses, dice, desconocen el goce, y la famosa risa homérica de los moradores del Olimpo es una suposición falsa e indigna de ellos, como es erróneo suponer que pue­dan ser sensibles al sufrimiento; en realidad, se hallan entre ambos estados, en una tranquilidad perfecta que nada puede per­turbar y que es, por ello, el mayor de los placeres. Ante estas palabras, Filebo multi­plica sus signos de aprobación, en tanto murmura: «Plenamente de acuerdo, aun en nombre de mi diosa Afrodita».

F. Lion