Fernán González

Personaje del poe­ma medieval anónimo que de él recibe el título, así como de otras muchas obras es­pañolas. Primer conde independiente de Castilla y valerosísimo guerrero «que mo­ros nin cristianos non le podían vencer», Fernán González aparece bajo diversos as­pectos en las distintas composiciones que a él se refieren.

En algunas es un rebelde, y en otras un hombre providencial. Tanto en el Poema (v.) como en Gonzalo de Berceo, el buen conde es el protegido de Dios, que le inspira, le profetiza su vida, envía en su ayuda a San Pelagio, a San Millán o a Santiago, y le promete la victoria con­tra moros y cristianos. Don Fernando, ade­más, es un hombre religioso por excelencia. Cuando, durante una cacería, se introduce equivocadamente en un cenobio, implora el perdón por su involuntario pecado de pro­fanación; el vaticinio del anciano monje le llena de gozo, pero no le enorgullece. An­tes de cualquier batalla invoca la protección del Altísimo, y vence a la vez por sus pro­pios méritos y por intervención de la mi­licia celestial.

Jamás descuida sus deberes de buen cristiano y de hombre valeroso; trata generosamente a los enemigos derro­tados y caídos y pone en libertad a los prisioneros. Le duele tener que besar la mano al rey de León, puesto que única­mente quisiera besársela al Romano Pon­tífice, y confía en que Dios le ayudará a libertar a su pueblo. Sin embargo, no se opondrá a la voluntad del soberano; no caerá sobre su nombre la vergüenza del deshonor, y aun cuando sospeche la proxi­midad de la traición, la arrostrará impá­vido. El buen conde cae prisionero (del rey de León o del de Navarra), pero Dios no le abandona, y es Él, sin duda, quien mueve al peregrino (normando o lombardo) a ir a ver a la infanta de Navarra para convencerla de que intervenga en la sal­vación de quien por causa de ella se halla en grave trance.

El buen conde no se rebela ante la traición; con infinito desaliento, repite las inmortales palabras de Cristo: «Señor, ¿por qué me habéis abandonado?» Y Dios acude a salvarle. Doña Sancha le libra de la cárcel y él jura a la dama que mantendrá la palabra de matrimonio que le diera. El Demonio aparece como ins­pirador de la traición, y luego bajo el as­pecto de un falso y malvado arcipreste; pero no consigue triunfar. Todos los ene­migos se verán obligados a ceder ante el enviado de Dios. Noble y valeroso, el buen conde no puede conocer la deslealtad, y ofrece a su rey el azor y el caballo de Almanzor, que ha capturado por orden del monarca; sólo ante la insistencia de éste acepta una compensación monetaria, cuyo pago no reclama.

El rey leonés, en cambio, se comporta con él como felón y le encar­cela, y sólo otra astucia de doña Sancha permite a don Fernando alcanzar nueva­mente la libertad. Superados los demás obs­táculos, el conde pide cuentas al rey de su felonía; el precio será el del azor y el caballo, ahora ya — por las especiales con­diciones del contrato — tan enormemente elevado que ningún tesoro del reino bas­taría a pagarlo. Su compensación va a ser la libertad de Castilla. El buen conde lu­cha continuamente, ahora ya como señor absoluto, contra los castellanos traidores, los normandos, los moros y otros cristia­nos.

Como es natural, vence y deshace totalmente a los musulmanes. Más tarde, se extingue en Burgos su vida nobilísima, y obtiene digna sepultura en el monasterio de Arlanza, donde recibiera del santo monje la profecía de sus victorias. Ni el escritor de crónicas reales ni el cantor popular creen, en cambio, en la sublimidad de su carácter. Fijémonos, por ejemplo, en la afrenta tremenda que el conde, soberbio e insolente, inflige a su rey en el vado de Carrión; no faltan los insultos sangrientos ni las necias amenazas; él es el felón, y no el monarca. Y cuando es llamado a las cortes, responde con la exaltación de sus propios méritos y de sus éxitos y mani­fiesta muy poco aprecio a su rey. Éste le prende, y con razón; y aun cuando muchos personajes ilustres, incluso el santo monje Pelagio, intercedan en su favor, ello no menguará la justicia del soberano.

En al­gunos romances, finalmente, la figura del buen conde deja de ser — buena o mala — una criatura terrena para quedar envuelta en un casi sobrenatural ambiente de irrea­lidad. Preso aún, un fantasma va a liber­tarle, mas para devolverle al cielo y no a su tierra. La monja que Dios le envía le dice: «Tienes aún tres horas de vida, la primera de las cuales ya empezaste. Tres sitiales hay en el cielo: el primero para ti, el segundo para mi alma, que acaba ya de cumplir su pena, y el otro es para el señor rey, por la merced que me ha hecho».

R. Richard