Ferragut

Personaje de la poesía caba­lleresca, aparece en la Crónica apócrifa de Turpín (v.) como un gigantesco sarraceno (Ferracutus) de fuerza extraordinaria que desafía y vence a los más valientes héroes cristianos, excepción hecha de Roldán (v.), con quien sostiene un memorable duelo por espacio de tres días, interrumpido por largas discusiones teológicas acerca de las religiones cristiana y mahometana, hasta que, finalmente, generalizada la lucha, es muerto por su adversario.

Este mismo due­lo, enriquecido con nuevos detalles y signi­ficados, es uno de los episodios fundamen­tales del poema francoitaliano Entrada en España (v.); su héroe (Feragu) es tam­bién un gigante de fuerza sobrehumana, y, por arte de magia, sólo vulnerable en un punto; sobrino del rey Marsilio, defiende contra Roldán el reino de su tío (España) y su propia fe, y en la prolongada dis­cusión que sostiene con aquél sobre la ver­dad de sus respectivas religiones demuestra no carecer de virtudes caballerescas ni de formación teológica.

Reducido a propor­ciones humanas, más bien «de figura pequeñita», reaparece en el Orlando enamo­rado (v.), de Boyardo, quien ha renovado el personaje; asimismo totalmente invulne­rable menos en un punto, el sobrino del rey Marsilio (Ferraguto o Ferraü) se halla también destinado a ser vencido en el fa­moso desafío con Orlando (mencionado también en el Orlando furioso, v., pero ajeno a la intriga de ambos poemas), y es un «audaz jovencito», todo él ardor en sus palabras y hechos y de aspecto y espíritu singulares («Aunque Ferraü fuera un mu­chacho / Era muy moreno y de orgullosa voz, / Y de aspecto terrible a la mirada; / Sus ojos eran encendidos y su parpadeo rápido; / Jamás halló gusto en lavarse, / Sino que, polvoriento, su rostro era fe­roz; / Grande era la cabeza de aquel ba­rón / Toda rizada y negra cual carbón»).

Presente junto con los otros caballeros cristianos y musulmanes en la gran fiesta ofrecida por Carlomagno (v.), se enamora a su vez de Angélica (v.), y, para obte­nerla, combate con su hermano, Argalia; abatido por la lanza encantada, prosigue, contra lo establecido, el singular combate y, finalmente, puede vencer a su adversario. Después de estos primeros cantos, de los que es uno de los personajes más vivos, se es­fuma del poema, y sólo volvemos a verle de vez en cuando, siempre apasionada e infelizmente enamorado de Angélica, mo­vido por un continuo deseo de luchar con los caballeros más valientes y digno de Rodomonte (v.), Reinaldo (v.) y Orlando, a quienes se enfrenta en furiosos desafíos.

Le hallamos nuevamente, y ya desde el principio, en el Orlando furioso, aun cuan­do falto de la tosquedad y dureza que le singularizaban en el Orlando enamorado. No ha perdido, sin embargo, la antigua vanagloria, por lo que aparece como el «jactancioso español», que no ha cumplido la promesa de no quedarse con ninguna de las armas del difunto Argalia, y, privado del yelmo por el fantasma de éste, jura que combatirá sin él hasta que pueda apo­derarse del de Orlando; frente a éste, al que no ha reconocido, se jacta de haberle derrotado, y, tras un breve y violento due­lo, se apodera, sin escrúpulo alguno, del yelmo de Orlando, caído en sus manos por un azar de la fortuna.

Tampoco le ha abandonado su amor hacia Angélica, por la cual combate con Reinaldo, y, siempre en pos de ella, se introduce incluso en el palacio de Atlante (v.). Con todo, ni sus hazañas ni su amor poseen ya, en adelante, otro valor que el meramente episódico, y, en el resto del poema, el personaje queda reducido a sólo un nombre. Sus aventuras tienen un apéndice jocoso en el Ricciardetto (v.), de Forteguerri, del que es uno de los principales personajes; aquí se narra cómo, convertido y entregado a la vida eremítica, no por ello ha perdido los anti­guos instintos, sino que más bien los ma­nifiesta con mucha mayor rudeza, hasta que, tras numerosas recaídas y a conse­cuencia de una de sus últimas aventuras, Orlando y Reinaldo le imponen un castigo singular y cruel, y, poco después, muere arrepentido de los males causados.

M. Fubini