Fedro

[Phaedrus]. Protagonista de dos diálogos de Platón, especialmente del Banquete (v.), donde, aun cuando el dueño de la casa y anfitrión del festín sea Agatón (v.), Fedro, a quien se ha encar­gado escoger los argumentos de los dis­cursos que se han de pronunciar, se con­vierte en el organizador del convite espi­ritual.

Pero todavía no satisfecho de esta figura que es ya algo más que un esbozo, Platón la introduce como interlocutor en otro de sus diálogos más famosos, el Fe­dro (v.). ¿Qué hay en este personaje que tanto atrajera a Platón? Fedro se asemeja a Fabricio del Dongo (v.), de La cartuja de Parma (v.): no tiene experiencia amo­rosa, sino que es un enamorado del amor, del «eros» por el «eros»; como no lo prac­tica, siente un ardiente deseo de hablar de él. Su temperamento adora los discursos acerca de cualquier cuestión; le basta con que sean conducidos artísticamente, con el conocimiento de cualquier efecto posible, con un preámbulo, un desarrollo progresivo y una amplia peroración labrada con arte.

¡Cómo debió de gozar en la larga serie de discursos del banquete! Aún debió de pa­recer le demasiado breve; Fedro gusta de saborear las palabras, particularmente cuan­do tratan de su tema preferido, el amor. El paseo en intimidad con Sócrates (v.) a través de un paisaje lleno del canto de las cigarras y de los murmullos de un resplan­deciente mediodía estival le será causa de otro goce. Al principio, mientras van an­dando, lee a Sócrates un discurso de Lisias que ha transcrito amorosamente; se trata en él de un problema de amor, desarrollado con toda la sutiliza de. un perfecto sofista.

Sócrates le responde en el mismo estilo, y ello embelesa doblemente a Fedro; sin embargo, y de modo imprevisto, aquél se retracta, niega valor a su precedente dis­curso y expone el «eros» con criterio y método completamente distintos. Porque, ¿cuál puede ser la edad de Fedro? En Pla­tón, incluso una diferencia de pocos años tiene su importancia. Así, Fedro en nada se parece al jovencito Lisias o al adolescente Cármides (v.), y, por otra parte, tampoco a la madurez de Teetetes (v.); es un joven que se halla a punto de convertirse en un hombre maduro. Posee todavía un vago entusiasmo, pero sabe ya juzgar y esta­blecer comparaciones, y, aunque conserve una inocente pureza, intuye ya muchas cosas. Es el carácter opuesto a un Alcibíades (v.), quien, quizá por aburrido cansan­cio, se divierte bromeando sobre la idea de la belleza, consciente de poseer el re­flejo de ésta en su persona. Fedro es ingenuo, y nunca piensa en sí mismo.

A me­dida que Sócrates le revela el misterio que encierra la belleza en sí misma, va ele­vándose hacia supremas alturas. Sócrates, entonces, le hace descender otra vez dulce­mente a la realidad, o, por lo menos, le lleva al arte por el arte del discurso, y Fedro, cuyo espíritu es infinitamente ma­leable, sigue de buen grado a su maestro. Tras haberle hecho gustar la exaltación, Sócrates le conduce nuevamente a la pura razón y le explica la dialéctica, que es el otro camino que lleva hasta las Ideas; y el hombre maduro y agudo que empieza ya a vislumbrarse en Fedro, se muestra asimis­mo capaz de seguir también esta senda me­nos seductora.

F. Lion